Hay días en los que el mundo se siente más pesado. No porque haya pasado algo específico, sino porque simplemente todo parece acumularse. Las responsabilidades, las expectativas, los ruidos, los pendientes que se multiplican sin permiso. Y ahí estoy, intentando sostenerlo todo, aunque las manos ya tiemblen un poco.
Me siento abrumado. Es como si el aire costara más, como si cada pensamiento viniera con su propio eco, recordándome que no voy tan rápido como quisiera, que no llego a todo lo que debería, que no soy suficiente.
Y aunque sé que no es verdad —que nadie puede con todo, que a veces basta con seguir respirando—, hay momentos en los que esa verdad se siente lejana, difusa.
Tal vez esto es solo un recordatorio de que también se vale detenerse. Dejar caer un poco el peso, aunque sea por un rato. No todo tiene que resolverse hoy, ni todo tiene que tener sentido ahora.
A veces solo hay que admitirlo: me siento cansado, me siento abrumado.
Y eso también está bien.