jueves, 17 de septiembre de 2026

Universo y Costumbre

Se rozan, se provocan, se adivinan

Se persiguen, se esquivan, se lastiman

Se descubren al borde del silencio

Se consumen despacio en el incendio

Se desatan, se tiemblan, se reclaman

Se derrumban, se elevan, se derraman

Se pronuncian con labios invisibles

Se convierten en algo indefinible

Se sostienen, se rompen, se separan

Se desnudan el alma y se disparan

Se atraviesan la noche con las manos

Se hacen humo, relámpago y verano

Se abandonan, regresan, se extravían

Se hacen falta aun teniéndose encima

Se devoran los miedos y la calma

Se incendian la piel, se salvan el alma

Se desafían, se tientan, se persisten

Se descifran en sombras que no existen

Se convierten en vértigo y latido

En un nombre jamás reconocido

Se demoran, se apagan, se encendieron

Se juraron un siempre que rompieron

Se encontraron al fondo de la herida

Dónde duele más hondo la vida

Se desgastan, se buscan, se renacen

Se construyen un mundo que deshacen

Se suspenden en un segundo eterno

Entre hielo brutal y fuego interno

Se recuerdan, se olvidan, se atraviesan

Se convierten en duda y en certeza

Se derriten igual que la lluvia en vidrio

Se condenan felices al delirio

Se contienen, explotan, se enloquecen

Se prometen quedarse y desaparecen

Se convierten en eco y despedida

En la última luz de una caída

Se pronuncian sin voz, se deletrean

Se mutilan las ganas y las crean

Se persiguen por calles infinitas

Se reinventan detrás de cada herida

Se intoxican de besos y memoria

Se hacen ruina, milagro y trayectoria

Se desgarran el miedo con los dientes

Se descubren absurdamente urgentes

Se presienten aun estando lejanos

Se convierten en hambre entre las manos

Se acarician el caos y la condena

Se hacen canción, naufragio y marea

Se reinventan el pecho contra el tiempo

Se refugian un instante en el cuerpo

Se despiden, regresan, se consumen

Se hacen polvo, universo y costumbre

Inmortales

Hay personas que se marchan y, aun así, tardan muchísimo tiempo en irse de nosotros.

Y aunque no sigamos esperando que regresen, ni que necesariamente queramos recuperarlas... una parte de nuestra historia quedó construida alrededor de ellas.

Ahí está el verdadero duelo. Descubrir que alguien puede desaparecer de nuestra vida sin desaparecer inmediatamente de nuestra memoria, de nuestras costumbres, de nuestras conversaciones internas o incluso de la manera en que entendemos quiénes somos.
A veces creemos que superar una pérdida significa dejar de sentir. Como si sanar consistiera en despertar una mañana y descubrir que ya no duele, que ya no pensamos en aquello, que podemos pronunciar un nombre sin que algo se mueva dentro de nosotros.

Pero así no funciona. Quizá sanar no consiste en borrar una presencia, sino en aprender a convivir con su ausencia sin permitir que esa ausencia siga gobernando nuestra existencia.

Suena extraño, lo se.
Pero hay recuerdos que en vez de desaparecer, cambian de lugar.

Al principio están en todas partes. En una canción, en una calle, en una fotografía, en una fecha, en una frase que alguien dice sin saber que acaba de tocar una herida. Después, lentamente, empiezan a ocupar un espacio menos violento. Siguen ahí, pero ya no gritan. Se convierten en una habitación a la que alguna vez pertenecimos y que todavía podemos recordar sin necesidad de volver a vivir dentro de ella.
Y creo que existe algo hermosamente humano en aceptar eso.

Nos han enseñado a pensar que debemos desprendernos completamente de aquello que nos hizo daño, como si nuestra memoria fuera una casa que necesita ser vaciada para poder continuar. Pero no siempre tenemos que destruir las habitaciones donde alguna vez fuimos felices, algunas pueden permanecer cerradas.

Perder a alguien también significa descubrir quién éramos cuando esa persona estaba a nuestro lado.
Y eso puede ser doloroso.
A veces no extrañamos únicamente a la persona. Extrañamos al ser humano que nosotros mismos éramos cuando estábamos con ella. Extrañamos nuestras conversaciones, nuestras ilusiones, nuestras versiones más ingenuas, la manera en que imaginábamos el futuro antes de que la vida nos demostrara que ningún futuro viene con garantías.

Con el tiempo comprendemos algo incómodo pero liberador, no todo lo que amamos está destinado a permanecer. 
Hay encuentros que duran poco y dejan una vida entera detrás de ellos.
Por eso, quizá recordar no sea una forma de 

Hay personas que nunca volverán a caminar junto a nosotros. Algunas porque murieron, otras porque eligieron otro camino, otras porque nosotros tuvimos que elegir el nuestro.

Nada nos pertenece completamente. Ni las personas, ni los momentos, ni siquiera las versiones de nosotros mismos que alguna vez creímos definitivas.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Fuego que no destruye

Hay una idea de Vulkan que, cuanto más la observo, más difícil me resulta separar de mi propia manera de entender la vida:
la verdadera fuerza no consiste en dejar de sentir, sino en conseguir que aquello que sentimos no nos impida hacer lo correcto.

Los Salamandras son guerreros creados para una guerra brutal. Son capaces de entrar en lugares donde otros retrocederían, soportar condiciones que destruirían a una persona común y enfrentarse a enemigos monstruosos. Pero lo que los hace diferentes no es solamente su resistencia. Es que, después de todo eso, todavía recuerdan por qué están luchando.
Para ellos, el poder tiene una responsabilidad, pues no sirve de mucho tener fuerza si esa fuerza solamente existe para imponerse sobre otros. La fuerza adquiere significado cuando puede convertirse en protección.

Creo que esa es una de las cosas que más me atraen de Vulkan.
Porque hay una diferencia enorme entre querer ser fuerte y querer tener suficiente fuerza para proteger algo.

La primer idea nace muchas veces del ego la segunda (pienso yo) nace del amor, y eso cambia completamente el propósito.

Los Salamandras no consideran que la compasión sea una debilidad. Al contrario, la convierten en una razón para resistir. Games Workshop los presenta precisamente como guerreros que defienden a quienes no pueden defenderse, combinando esa empatía con una enorme determinación en combate. En otras palabras, su humanidad no desaparece cuando comienza la batalla.

Hay una clase de bondad que solamente existe cuando ayudar cuesta algo. Es fácil extender la mano cuando no tenemos nada que perder, lo verdaderamente difícil es hacerlo cuando estamos cansados, cuando tenemos miedo, cuando no sabemos si podremos solucionar el problema o cuando aquello que intentamos proteger ni siquiera puede devolvernos nada.

Ahí es donde aparece Vulkan...

Durante mucho tiempo podemos imaginar que para convertirnos en personas fuertes tenemos que eliminar nuestras partes débiles. Que debemos volvernos más duros, más fríos, menos sensibles. Que sentir demasiado es un obstáculo. Pero los Salamandras enseñan algo distinto y es que no tienes que matar tu sensibilidad para construir fortaleza alrededor de ella.

Puedes ser sensible y resistente.
Puedes tener miedo y avanzar.
Puedes cansarte y continuar.
Puedes ser amable sin ser indefenso.
Puedes proteger sin convertirte en aquello que combates.

A veces la vida hace pensar que, porque el mundo puede ser injusto y cruel, uno también tiene derecho a serlo.
Vulkan representa exactamente lo contrario.

El mundo de Warhammer 40,000 es uno de los lugares más crueles que existen en la ficción. Y, precisamente dentro de ese universo, los Salamandras conservan una preocupación excepcional por la gente común sabiendo perfectamente que el universo es un caos.
Su compasión tiene valor porque existe en un lugar donde sería mucho más sencillo abandonarla.

Eso me lleva a otra enseñanza: no debería medir mi carácter por lo que soy capaz de hacer cuando todo está bien.
Debería medirlo por lo que decido hacer cuando las cosas están mal.

Ahora más que nunca creo que es ahí donde se construye el carácter.

Los Salamandras tienen una relación casi literal con la forja. Crean armas, reparan, trabajan el metal y convierten materias imperfectas en instrumentos capaces de soportar condiciones extremas. La propia doctrina prometeica pone énfasis en la autosuficiencia, el sacrificio, la lealtad y la resistencia. Y para mí, esa imagen funciona como una metáfora perfecta de la vida.

No somos productos terminados, somos metal en una fragua.

Un golpe no tiene por qué significar que estamos destruidos, puede significar que estamos siendo moldeados.

Eso tampoco significa que debamos romantizar el sufrimiento. El dolor no es automáticamente bueno. Una herida no se convierte mágicamente en sabiduría solamente porque haya ocurrido. El fuego puede destruir una pieza de metal si se la deja demasiado tiempo dentro.

Por eso la lección de Vulkan no debería ser “aguanta todo”.
Debería ser:
aguanta lo necesario, aprende de ello y no permitas que te convierta en alguien que no quieres ser.

La filosofía de Vulkan une destrucción y creación.
Los Salamandras convierten su trabajo, su disciplina y su conocimiento en algo que permanece. Incluso en la actualidad del lore, la búsqueda de las reliquias de Vulkan exige paciencia, resistencia mental y física, y la capacidad de mantener una chispa de esperanza incluso cuando el fracaso parece ser el resultado más probable.

A veces uno cree que avanzar significa llegar rápidamente a algún lugar, pero quizá avanzar sea simplemente continuar trabajando sobre aquello que todavía no está terminado.
Un herrero no golpea el metal una sola vez y espera que aparezca una espada perfecta ¿verdad?.

Golpea.
Observa.
Corrige.
Calienta.
Vuelve a golpear.
Y repite.

La paciencia no es pasividad. La paciencia es disciplina prolongada.
Eso es algo que quiero conservar.

Vulkan es inmenso. Es un Primarca. Es un guerrero capaz de hazañas que ninguna persona normal podría realizar. Pero su grandeza no está solamente en que pueda sobrevivir a cosas imposibles. Está en que, después de sobrevivirlas, todavía considera que una vida ordinaria tiene valor.

El fuego no tiene que destruirme.
Puede enseñarme a resistir.
Puede enseñarme a crear.
Puede enseñarme a proteger.
Y algún día, cuando mire hacia atrás, quizá descubra que las cosas que más intentaron romperme terminaron convirtiéndose en parte de la estructura que me mantiene de pie.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Borderline

Un vaso no se quiebra por la última gota que derrama el agua; se quiebra por la presión acumulada de todas las gotas anteriores que elegimos ignorar. Existe en la experiencia humana un umbral invisible, una frontera volátil entre la contención que llamamos «civilidad» y el colapso inminente de la paciencia. Vivimos gran parte de nuestras vidas transitando esa línea, midiendo con precisión casi quirúrgica cuánto peso más puede sostener nuestra estructura interna antes de que el material ceda y la fractura se vuelva inevitable.

​La frustración verdaderamente destructiva rara vez irrumpe de la nada. No es un trueno repentino, sino una erosión lenta e imperceptible. Se alimenta del ruido externo, de la imposición constante de percepciones ajenas sobre nuestra propia realidad y de esa asfixiante sensación de ser empujados, paso a paso, hacia un límite que jamás elegimos trazar. Nos enseñan desde pequeños a sofocar la incomodidad, a sonreír frente a la incomprensión y a mantener la compostura como un trofeo de madurez. Nos adiestran para ser recipientes infinitos, pero se nos oculta una verdad básica de la física y de la mente: todo sistema cerrado sometido a una presión constante termina por colapsar.

​Existe un punto en el que el diálogo deja de ser funcional porque ya no hay escucha, solo interferencia. En ese espacio de saturación, la empatía se agota y la búsqueda de silencio deja de ser un lujo para convertirse en un instinto primario de supervivencia emocional. No es un deseo de aislamiento por apatía, sino la necesidad urgente de apagar las frecuencias externas que ahogan nuestro propio juicio. Cuando cada palabra del entorno se siente como una intrusión y cada exigencia como un empujón deliberado hacia el precipicio, la mente reacciona buscando una sola cosa: detener la marea.

​Llegar a la orilla del abismo mental es una experiencia aterradora, pero profundamente esclarecedora. A menudo asociamos el rozar nuestro límite con la debilidad o la pérdida de control, cuando en realidad es el punto de inflexión donde la naturaleza humana exige un cambio de rumbo. La ira sofocada, el agotamiento extremo y esa sensación de estar a punto de rompernos no son fallos en nuestra estructura; son señales de alerta de nuestra psique indicando que hemos cedido demasiado espacio, que hemos permitido que otros definan el margen de nuestra tolerancia.

​Reconocer que estamos a un solo milímetro del borde es, paradójicamente, el primer acto de autoconciencia necesario para no caer. Estar al límite nos obliga a despojarnos de la complacencia y a confrontar la realidad de nuestro cansancio. No se trata de entregarse a la explosión o a la autodestrucción, sino de utilizar esa tensión acumulada como la fuerza impulsora para dar un paso atrás, marcar una distancia firme con lo que nos asfixia y reclamar, finalmente, el dominio de nuestro propio espacio mental.

viernes, 28 de agosto de 2026

No me elijas

No quiero que me elijan después de convencerlos

Hay una edad emocional en la que uno deja de preguntarse qué hacer para que alguien se quede y empieza a preguntarse por qué tendría que convencer a alguien de hacerlo.

Quizá esa sea una de las formas más silenciosas de madurar: comprender que nuestro valor no aumenta porque alguien lo reconozca, ni disminuye porque alguien sea incapaz de verlo.
Durante mucho tiempo podemos vivir creyendo que el amor consiste en demostrar. Demostrar que somos interesantes, que somos suficientes, que podemos ser pacientes, comprensivos, divertidos, deseables, indispensables. 

Aprendemos a leer silencios, a interpretar respuestas tardías, a justificar ausencias y a convertir pequeñas muestras de atención en acontecimientos enormes. Y, sin darnos cuenta, dejamos de relacionarnos con una persona para empezar a relacionarnos con la posibilidad de que algún día esa persona nos elija.

Pero el amor no debería sentirse como un examen que tenemos que aprobar.
No quiero tener que explicarte por qué valgo. No porque crea que soy perfecto, sino porque no quiero construir un vínculo desde la necesidad de convencerte de que merece la pena conocerme. Si para permanecer a mi lado tienes que descubrir primero, mediante pruebas y demostraciones interminables, que soy digno de tu interés, probablemente ya estamos llegando tarde.

Hay cosas que uno puede explicar de sí mismo, pero hay otras que solamente pueden ser vistas. Y ser visto es distinto de ser evaluado.

Por eso ya no me interesa demasiado lo difícil.
No porque haya dejado de creer en el esfuerzo, sino porque aprendí que una cosa es luchar por algo que ambos queremos y otra muy distinta es luchar para despertar en alguien un deseo que no existe. Lo difícil puede ser hermoso cuando hay dos personas caminando hacia el mismo lugar. Lo difícil se vuelve miserable cuando solamente una está caminando y la otra apenas mira desde lejos.

Tampoco me interesa lo inestable. Esa antigua fascinación por quien aparece y desaparece, por quien responde cuando quiere, por quien ofrece atención como si fuera una recompensa que debemos merecer. Durante algún tiempo podemos confundir esa incertidumbre con pasión. El corazón, cuando tiene hambre, puede llamar intensidad a cualquier migaja.
Pero la incertidumbre no siempre es profundidad.

A veces solamente es incertidumbre.
Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar sea que la claridad también puede ser apasionante. Que alguien diga lo que siente. Que alguien tenga la capacidad de quedarse sin convertir su presencia en un misterio. Que sus acciones no contradigan constantemente sus palabras.
Que no tengas que convertirte en detective de una relación para descubrir si eres querido.

Me atrae la conciencia. La coherencia. Esa clase de persona que mira lo que tiene delante y realmente lo mira. Que no solamente ve lo que eres ahora, sino también aquello que todavía estás intentando ser. Alguien capaz de percibir tus posibilidades sin enamorarse de una fantasía sobre ti. Alguien que pueda reconocer tus defectos sin utilizarlos para disminuirte y tus virtudes sin convertirlas en una deuda.

Porque quizá amar sea, en cierta medida, prestar atención.
Prestar verdadera atención.

Mirar a alguien hasta que deje de ser una idea y se convierta en una persona. Con sus contradicciones, sus heridas, sus silencios, sus deseos y sus posibilidades. Y entonces decidir quedarse no porque sea perfecto, sino porque después de haber visto, todavía existe voluntad de estar.

Yo también tuve una época en la que rogué por atención.

Hice versiones exageradas de mí mismo. Fui más gracioso de lo que realmente era, más disponible de lo que podía permitirme, más paciente de lo que era sano, más silencioso cuando quería hablar y más ruidoso cuando tenía miedo de desaparecer. Todo con la esperanza secreta de descubrir cuál era la versión de mí que finalmente sería suficiente para alguien.

Y esa búsqueda termina agotando algo más profundo que la paciencia: termina alejándonos de nosotros mismos.
Porque cuando pasamos demasiado tiempo intentando gustarle a alguien, existe el peligro de terminar convirtiéndonos en la persona que creemos que esa persona podría amar, mientras abandonamos lentamente a la persona que nosotros somos.
Hasta que un día entendemos algo doloroso y liberador: el amor y el respeto no se mendigan.

La reciprocidad tampoco se exige.
Puedes pedir claridad, puedes expresar lo que necesitas, puedes abrir el corazón y decirle a alguien cuánto significa para ti. Pero no puedes fabricar reciprocidad donde no la hay. No puedes negociar el deseo. No puedes argumentar hasta que alguien se enamore. Y, sobre todo, no deberías tener que reducirte para que alguien encuentre espacio para quererte.
Somos personas.

No somos premios que alguien tiene que ganar después de superar una serie de pruebas. Tampoco somos consuelos destinados a llenar el vacío de alguien que no sabe estar solo. No somos una opción para cuando las demás opciones desaparecen.

Quererse a uno mismo no consiste en repetirse todos los días que somos extraordinarios, sino en algo mucho menos espectacular y mucho más difícil: aprender a marcharnos de donde tenemos que demostrar constantemente que merecemos quedarnos.

Porque llega un momento en que uno ya no quiere ser elegido por insistencia.
Quiere ser reconocido.
Quiere ser mirado.
Quiere encontrarse con alguien que, al estar frente a nosotros, no necesite que le expliquemos todo lo que podríamos llegar a ser para comprender que ya hay algo valioso aquí.

Y cuando eso ocurre, el amor deja de parecer una batalla.
Deja de ser una conquista.
Deja de ser una negociación.
Se convierte, sencillamente, en dos personas que se miran y descubren que ninguna de las dos necesita convencer a la otra de quedarse.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Los angeles que dejamos atras

Hay personas que llegan a nuestra vida en el momento exacto en que todavía necesitamos creer en algo.

No necesariamente en el amor. A veces basta con creer que el mundo puede ser un poco menos áspero de lo que parecía la semana anterior. Que todavía existe alguien capaz de mirarnos sin exigirnos una versión mejor de nosotros mismos. Que quizá no estamos tan perdidos. Quizá, después de todo, no hemos llegado demasiado tarde.

Entonces aparece esa persona y ocurre algo extraño: durante un tiempo dejamos de sentirnos solos.

No porque nos haya salvado. Nadie salva a nadie de esa manera. Pero su presencia consigue que ciertas habitaciones interiores, aquellas que llevaban años cerradas, vuelvan a tener luz.

El problema es que querer algo hermoso no nos convierte automáticamente en personas capaces de cuidarlo.
Ésa es una de las cosas que más tardamos en aprender.

Durante la juventud creemos que amar consiste en sentir mucho. Nos parece que la intensidad es una prueba de autenticidad, que cuanto más nos duela algo más importante debe ser.

Confundimos los latidos con las certezas, los celos con el cariño, la necesidad con el amor y el miedo a perder a alguien con la importancia que esa persona tiene para nosotros.
Con los años, si tenemos suerte, descubrimos que no funciona así.
Descubrimos que también se puede querer mal.
Que podemos abrazar demasiado fuerte aquello que tememos perder. Que podemos convertir el cariño en una forma de vigilancia. Que podemos pedirle a otra persona que cure heridas que no provocó y castigarnos después porque no supo hacerlo.

Y descubrimos que a veces destruimos precisamente aquello que más deseábamos conservar.

Hay una tristeza particular en recordar a alguien después de mucho tiempo y comprender que, en realidad, nunca quisimos hacerle daño.

Ése es quizá el consuelo más inútil de todos.
No quisimos, pero lo hicimos.

La vida está llena de estas pequeñas tragedias sin villanos. Personas que se quisieron y terminaron haciéndose daño. Amigos que se alejaron porque ninguno supo decir a tiempo lo que necesitaba. Familias que se aman desde habitaciones diferentes. Historias que no terminaron por falta de amor, sino por exceso de miedo.

Y luego están aquellas personas que recordamos como se recuerda una casa demolida.
Sabemos que ya no existe, pero todavía conocemos el camino para llegar hasta allí.

A veces basta una canción escuchada por casualidad, un olor, una fotografía vieja, una calle por la que ya no pasamos. Y durante unos segundos regresamos. No al lugar, naturalmente, sino a la persona que éramos cuando aquel lugar todavía significaba algo.

La nostalgia tiene esa crueldad.
No devuelve las cosas.
Devuelve nuestra capacidad de echarlas de menos.

Hay recuerdos que preferimos conservar intactos porque fueron importantes aún sin ser perfectos. Porque hubo una época en la que alguien nos hizo sentir acompañados cuando no sabíamos siquiera que necesitábamos compañía.

Y quizá esa persona fue nuestro pequeño ángel.

No uno de esos seres luminosos de las estampas religiosas. No alguien puro, perfecto e incapaz de equivocarse. Un ángel mucho más humano: alguien con sus propias heridas, sus contradicciones, sus días malos, sus miedos y sus defectos.

Alguien que, sin saberlo, iluminó una parte de nuestra vida.
Y nosotros hicimos lo que hacen los seres humanos con casi todo aquello que aman, intentamos quedárnoslo.

Ahí empieza el problema.
Porque algunas cosas sólo pueden existir mientras permanecen libres.
Un pájaro deja de ser un pájaro cuando lo convertimos en una decoración de nuestra casa. Una amistad deja de respirar cuando exigimos que nunca cambie. El amor se vuelve otra cosa cuando dejamos de preguntarnos quién es el otro y empezamos a preguntarnos qué puede darnos.

Tal vez amar sea, entre otras cosas, aprender a abrir la mano.
Incluso cuando sabemos que al hacerlo podemos perder aquello que sosteníamos.

Hay una edad en la que creemos que perder significa fracasar. Más tarde comprendemos que no todas las pérdidas son derrotas, algunas personas se marchan porque ésa era su función en nuestra historia: permanecer el tiempo suficiente para enseñarnos algo que todavía no sabíamos de nosotros mismos.

No por eso duele menos.
Hay despedidas que continúan ocurriendo durante años.

Uno puede haber dejado atrás una ciudad, una relación, una casa, una amistad. Puede haber cambiado de trabajo, de país, de número de teléfono, incluso de manera de pensar. Y aun así existe un rincón diminuto de la memoria donde todo permanece exactamente como estaba.

La luz de aquella tarde.
Una voz.
Una mano sobre la nuestra.
La sensación absurda de que aquello iba a durar para siempre. Pero no lo hizo.

Quizá ésa sea la parte más injusta y más hermosa de estar vivos: sabemos desde el principio que todo lo que amamos está condenado a cambiar, pero aun así tenemos el descaro de amar.
Seguimos haciéndolo.
Seguimos confiando.
Seguimos abriendo puertas.

Y, de vez en cuando, aparece alguien que parece devolvernos una versión de nosotros mismos que habíamos olvidado. Alguien que nos recuerda que alguna vez fuimos capaces de esperar, de ilusionarnos, de mirar el futuro sin calcular primero cuánto podía dolernos.

Entonces queremos quedarnos allí.
Pero no podemos. Porque incluso los ángeles tienen que marcharse.
Y quizá lo único que podemos hacer, cuando llega ese momento, es agradecer que alguna vez hayan estado.

Que alguien nos encontró cuando todavía estábamos aprendiendo a encontrarnos.
Que hubo una época en la que creímos que ciertas cosas podían durar para siempre.

Y aunque ya sepamos que no era verdad, quizá no haya sido una mentira.
Quizá simplemente fue una de esas verdades que sólo duran mientras las estamos viviendo.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Sin un lugar

Hay un talento fascinante en el arte de construirnos un purgatorio a la medida.

Ese espacio intermedio donde no somos lo suficientemente santos como para merecer una aureola, pero tampoco tan extravagantemente perversos como para ganarnos un tridente. Nos encanta flotar justo ahí, en la absoluta indefinición moral, llamándolo "complejidad humana" cuando en realidad es solo cobardía con un vocabulario elegante.

Hablé con Dios hoy y me dijo que está avergonzada de lo que ve.
Hablé con el diablo inmediatamente después y juró que no tiene la culpa de absolutamente nada de lo que pasa por aquí.
Y lo entendí perfectamente... porque, seamos honestos, yo siento exactamente lo mismo.

Resulta liberador echarle la culpa al cosmos, al destino o a las fuerzas metafísicas. Es el deporte nacional por excelencia. Cuando todo se derrumba, buscamos una audiencia divina para explicar que nuestras intenciones eran puras, aunque nuestros actos hayan sido un desastre absoluto.
Pero la verdadera revelación (esa que te cae en la cara como un balde de agua helada a las tres de la mañana) no llega cuando miras al cielo ni al infierno, sino cuando te atreves a sostenerle la mirada a tu propio reflejo.

Escuchar a la divinidad y darse cuenta de que suena exactamente igual a uno mismo es el colmo del narcisismo y de la tragedia. 

La figura diabólica que imaginamos con cuernos y cola resulta tener tus mismos ojos, tu misma postura y esa sutil sonrisa de suficiencia cuando sabes que acabas de arruinarlo todo. Ahí es cuando uno decide mirar hacia otro lado. Es mucho más cómodo esquivar la mirada que aceptar la propia autoría.

«De brazos abiertos, permanezco solo.
No soy ningún héroe y no estoy hecho de piedra.
¿Correcto o incorrecto? Apenas puedo decirlo.
Estoy en el lado equivocado del cielo y en el lado correcto del infierno.»

Y ahí nos quedamos: con los brazos abiertos ante el vacío, solos, pretendiendo que nuestra fragilidad es una especie de medalla de honor.
“Es que no soy de piedra”, nos justificamos, como si la incapacidad de asumir nuestras cagadas fuera una condición médica incurable. No defendemos nuestra postura; simplemente nos dejamos caer en una espiral descendente donde cada día nos acercamos un poco más al inevitable final, convencidos de que el sufrimiento autoinfligido nos hace lucir interesantes.

Al final del día, estar en el lado equivocado del cielo y en el lado virtuoso del infierno es solo una forma muy poética de decir que no encajamos en ninguna parte porque nos da pánico decidir de qué lado de la historia queremos estar.

domingo, 2 de agosto de 2026

Lady of the Six Sorrows

Furia nocturna

Hay personas que convierten la bondad en un disfraz. Lo planchan, lo perfuman y salen a exhibirlo como quien presume una conciencia limpia. Sonríen con la facilidad con la que otros respiran, estrechan manos, ofrecen palabras tibias y después se marchan dejando un rastro de ruinas que jamás reconocerán como suyo.

Lo curioso es que casi nunca mienten con la boca. Mienten con los gestos. Con el interés disfrazado de cariño. Con la compasión calculada. Con esa costumbre miserable de acercarse solo mientras el reflejo les favorece. Cuando el espejo deja de devolverles una imagen cómoda, desaparecen... y todavía encuentran la manera de sentirse las víctimas.

El ego es un actor extraordinario, convence incluso a quien lo alimenta de que nunca hizo daño. Le basta una máscara bonita para dormir tranquilo. Después de todo, el mundo siempre aplaude más una buena apariencia que una buena conciencia.

Con el tiempo entendí que las personas falsas no siempre parecen monstruos. A veces parecen refugios. Y quizá por eso dejan heridas más profundas: porque uno baja la guardia creyendo que ha encontrado un lugar seguro, cuando en realidad solo era otro escenario montado para satisfacer el hambre de alguien más.

No guardo rencor. El rencor exige demasiado esfuerzo para quien ya vio suficiente. Prefiero observar cómo algunas máscaras envejecen pegadas a la piel hasta que nadie recuerda el rostro que escondían. Debe ser una forma terrible de existir: pasar la vida interpretando a alguien bueno sin tener el valor de serlo.

Al final, la verdad tiene una costumbre incómoda. Siempre espera. No grita, no persigue, no suplica. Solo permanece. Y un día, cuando las máscaras se agrietan y los aplausos se apagan, deja a cada quien frente al único rostro del que nunca pudo escapar.

martes, 14 de julio de 2026

Heridas y compañia


La persona indicada rara vez llega terminada.


No aparece en nuestra vida libre de dudas, inseguridades o cicatrices. Llega con una historia, con errores, con heridas que todavía está aprendiendo a comprender y con batallas que quizás nadie más conoce.


Durante mucho tiempo nos enseñaron a buscar a alguien perfecto, alguien que encaje en una idea idealizada del amor, pero la realidad suele ser distinta.


El verdadero valor de una persona no está en la ausencia de heridas, sino en la disposición a enfrentarlas. No en no tener miedo, sino en reconocerlo y aun así decidir avanzar. Hay una gran diferencia entre quien niega sus problemas y quien los mira de frente con la intención sincera de crecer.


Esa voluntad de trabajar en uno mismo, de aprender, de sanar y de construir junto a alguien más, vale mucho más que cualquier apariencia de perfección.


Porque al final, las relaciones más profundas no nacen de dos personas impecables encontrándose por casualidad. Nacen de dos personas imperfectas que deciden acompañarse mientras siguen creciendo.


No se trata de encontrar a alguien que nunca haya sido herido, sino a alguien que tenga el coraje de abrir esas heridas a la luz, comprenderlas y permitir que el amor sea parte del proceso de sanación.


La persona indicada no es la que llega lista. Es la que llega dispuesta.

viernes, 3 de julio de 2026

Necesidad o afecto

Nunca aprendí a sentirme querido por quien era, así que intenté volverme indispensable por lo que hacía. Confundí la necesidad con el cariño y la utilidad con el afecto. Con el tiempo entendí que ser necesario puede hacer que te busquen, pero solo ser tú mismo puede hacer que realmente te quieran.

Universo y Costumbre

Se rozan, se provocan, se adivinan Se persiguen, se esquivan, se lastiman Se descubren al borde del silencio Se consumen despacio en el ince...