sábado, 23 de octubre de 2021

Dios ha muerto

Dicen que el nombre Juan significa favor de Dios o regalo de Dios o fiel a Dios. En todo caso proviene en última instancia del hebreo Iojanán o Yeojanán, nombre bíblico que contiene parte del nombre de Dios.

Es que si el nombre expresa algo de la naturaleza de quien lo porta y todos los que se llamen Juan tendran algo de Dios.
Pero, ¿Dios existe?, o peor, ¿por qué suponemos que un nombre expresa algo de alguna naturaleza? Y además, ¿quién dijo que se llamaba Juan? O doblemente peor: si el nombre no expresa su naturaleza, ¿qué importa cómo se llamaba? O peor, peor, peor: ¿qué es lo que importa? ¿Que muera Dios? ¿Que muera Juan? ¿La muerte en general? ¿Pero muere alguien en la muerte en general? O dicho de otro modo, ¿no es la muerte siempre singular?.

En el Antiguo Testamento, los nombres de las personas no son casuales.
Todo el tiempo el texto explica las razones por las que alguien lleva su nombre, o también las razones por las que lo cambia o le es cambiado. Eso supone una relación directa entre el nombre como significante y su significado. Un significado que estaría expresando cierta realidad que hace a la persona o entidad en cuestión. 

Por ejemplo, Isaac (Itzjak) remite en hebreo a la raíz del verbo reír. Así, el hijo de Abraham y Sara recibe ese nombre ya
que Sara se rió cuando le anunciaron proféticamente que cerca de sus cien
años iba a poder ser madre, hecho que no pudo consumar durante toda su vida. Ya creyéndose estéril y habiendo consentido que su esposo tuviera un hijo con su criada, es anoticiada de su próximo embarazo y responde riéndose en una respuesta casi de desprecio. Por eso, cuando el niño nace, su nombre remite a esa carcajada.

El significado del nombre así, remite. No es casual ni arbitrario: está indicando algo. Como si quien escribiera la Biblia se hubiera decidido por darles a los nombres un lugar singular más allá de ser un mero juego de letras.
¿Habrá por eso algún destino o enigma en el nombre? ¿Se podría anunciar una muerte en un nombre que todavía no sabemos cuál es? ¿Es que solo la Biblia escribe sus nombres con intención ontológica y propedéutica? ¿Estaremos siendo parte de un relato bíblico sin darnos cuenta, o será que este dispositivo se ha ido secularizando y permanece en la necesidad de nuestros nombres de querer ser más que un mero juego de palabras?

Siempre vamos a encontrar una conexión —si queremos— entre un significante y algún significado. 

Si queremos e incluso aunque no queramos. La inercia del significante que busca sobrepasarse a sí mismo y crear sentido. Así funciona. Así se sobrevive. Este conjunto de palabras que nos atiborra y necesita convergir en una red de significados donde todo encaje en el lugar exacto. La infinita batalla entre el caos y
nuestro ejército de palabras. Un nombre albergando un destino domestica nuestra muerte. Y nuestra vida…

Todo lenguaje es simbólico, recordando que la palabra «símbolo» remite históricamente a una moneda que se parte en dos y se entrega a dos personas
como testimonio de un acuerdo. Una vez cumplido el acuerdo, las partes vuelven a componer el todo. Pero el reencuentro de la moneda es muy particular ya que implica que ambas partes se lanzan conjuntamente (en griego, símbolo) y se observa si se corresponden. 

Una parte siempre es nuestra, pero la otra no nos pertenece. Es del otro. Y el otro siempre nos excede. Por eso es un otro. Porque nos excede. Y es tan otro que es
imposible. De ahí que nosotros, cuando lanzamos, lo hacemos conjuntamente
con la proyección que hacemos de lo que suponemos que hay del otro lado.
Por ejemplo, de este lado la palabra muerte, ¿y del otro? De lo posible siempre hay palabra, ¿y de lo imposible? ¿O hacemos posible lo imposible y lo traicionamos? O sea, lo sometemos, lo dominamos, lo comprendemos y nos tranquilizamos. 

¿No somos nosotros siempre lanzando del mismo lado una y otra parte de la moneda? ¿Nosotros siempre nosotros en ambos lados, o sea siempre de un mismo lado que se fagocita el otro lado? Si el otro lado es inaccesible ya que es el otro lado, ¿no es toda mención siempre una
proyección? ¿No es todo símbolo siempre arbitrario?

Alguien morirá, dirá dentro de muy poco alguna madre, alguna novia, algún
amigo, y claramente no importará ninguna de estas elucubraciones, pero al
mismo tiempo ni la madre ni la novia ni el amigo podrán decir nada sino
utilizando este mismo lenguaje que no dice nada más que palabras.

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