Labio lacio, mis ojos son la vertiente de tus demonios, y esa ilusión, tamos donde caes dentro, blando donde te recuestas repugnante temeroso a doblar la piel en pequeños trozos de misterio, ese orgullo que te cubre en soledad.
En tus brazos, solitario, redescubriría la palabra paciencia, el deseo al objeto, al deseo mismo y al humano. Entonces nunca falta el hastiado que presume su orgullo a modo vanidoso, la presunción de consenso convierte lo efectuado egocentricamente en acción comunicativa.
Concete la ilusión: deja que la imagen del Sol te llene las venas de emociones, prendan fuego a tu carne, caliente tus manos, horneé tu lengua, te deje blando, tierno. Te haga cenizas.
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