Hace 37 días llegué a este sitio. Vine repleto de nervios y muy tenso porque nunca había viajado así antes ni mucho menos solo. Siempre llevaba conmigo el temor de perder mi vuelo, no hallar las puertas de embarque o incluso no encontrar el autobús que necesitaba para salir del aeropuerto. Cuando logré resolver todo eso, el miedo continuó porque mi viaje aún no había terminado; aún tenía que usar trenes y moverme entre calles con nombres difíciles de pronunciar.
No fue sino hasta el segundo o tercer día que mis inquietudes se apaciguaron un poco, lo que me permitió descansar mejor. Aunque todavía estaba lejos de sentirme completamente relajado, empecé a sentirme algo más a gusto gracias a la cálida bienvenida que recibí en la casa donde me hospedé.
El tiempo seguía transcurriendo y tenía que adaptarme lo más pronto posible a este sitio. Necesitaba familiarizarme con sus calles, tiendas, tradiciones, idioma, estilo de vida y todo lo esencial para mantenerme aquí sin causar molestias a nadie.
Planifiqué todo lo que pude antes de salir de México, y dentro de esos planes estaban mis gastos. Debo confesar que no he sido muy estricto con mi presupuesto, incluso me he permitido algo extra para disfrutar de la ciudad. Sin embargo, sabía que en algún momento el dinero se reduciría y tendría que ahorrar para regresar si lo deseaba. Pero esto no fue un error; era lo que quería, en cierta medida.
No tengo intención de regresar sin haber dado lo mejor de mí para que esto funcione. Si funciona y me gusta, seguiré aquí, y si no, regresaré sin más. Para ello, me puse una meta a corto plazo de tres meses, tiempo más que suficiente para ahorrar para mi regreso. Pero realmente quería ver esta experiencia como un desafío, y en estos 37 días ha sido el mayor reto de mi vida hasta ahora.
Quedan dos meses más, y no pienso rendirme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario