miércoles, 27 de mayo de 2026
Deficiente
miércoles, 20 de mayo de 2026
Mirate
Mírate.
Linda, tierna, hermosa, fabulosa, humilde, graciosa, agraciada
Yo te considero determinada, cuidadosa, llamativa, elocuente y no es un insulto cuando te llamo diferente.
Insulto sería decir que eres igual que la mayoría.
domingo, 10 de mayo de 2026
No soy
jueves, 7 de mayo de 2026
Oficios de leyenda
domingo, 3 de mayo de 2026
Presencia y permanencia
Hay noches que no piden permiso.
Se instalan con una quietud extraña, como si el tiempo decidiera aflojar un poco su marcha para dejarnos respirar distinto.
Anoche fue así. Me sorprendí despierto cuando la ciudad ya había olvidado el ruido, cuando las luces se vuelven más íntimas y las palabras, si llegan, lo hacen sin prisa.
No era insomnio exactamente. Era otra cosa.
Una necesidad leve pero insistente de decir, de escribir, de dejar que lo que estaba adentro encontrara alguna forma afuera. Preparé café (negro, sin azúcar y muy caliente como me gusta) y dejé que la música hiciera su parte.
Al principio, lo de siempre, el performance de The Dø, algo que acompaña, que no interrumpe. Pero luego cambié sin pensarlo mucho. Volvieron sonidos de otra época, voces que me habían acompañado cuando aún no sabía nombrar muchas cosas. Y fue curioso: no regresaron como un recuerdo, sino como si siempre hubieran estado ahí, esperando otro momento para significar algo distinto.
Warcry y Mago. Porque hay canciones que no envejecen; cambian contigo.
Entre un sorbo y otro, entendí algo que quizá siempre supe pero nunca había sentido con tanta claridad, que hay planes que no se piensan. No nacen en agendas ni en promesas. Aparecen. Se arman solos con lo que uno es capaz de ofrecer en ese instante. Y cuando uno decide no estorbarlos, cuando se permite simplemente seguirlos, suceden cosas raras… maravillosas.
Las calles parecen otras, el aire pesa distinto, y uno mismo se descubre moviéndose con una soltura que no sabía que tenía.
Es un tipo de tiempo muy particular, uno que no se repite. Un tiempo que no se mide en horas sino en intensidad, mucha intensidad.
Y ahí, justo ahí, es donde algo dentro se acomoda, como si por fin coincidiera con su propio ritmo.
Quizá lo más extraño (lo más bello) es cuando ese tiempo se comparte. Cuando no se camina solo, sino junto a alguien que también parece haber llegado sin mapa.
Alguien que no necesita grandes explicaciones, porque entiende el idioma de lo improvisado. Con quien las conversaciones pueden ser ligeras o profundas sin aviso, como si ambas cosas fueran la misma. Alguien que puede hablar de la vida con la misma calma con la que se asoma a la idea de la muerte, sin miedo, casi con curiosidad.
Y entonces todo se vuelve más amplio.
Caminar sin rumbo deja de ser perderse. Reír sin motivo se vuelve suficiente. El cansancio no alcanza, o no importa. Y hay momentos breves, pero completos, en los que uno quisiera detener el mundo solo para quedarse ahí, habitando esa coincidencia improbable. Como si dedicarle unos minutos continuos a esa presencia fuera, de alguna manera, un privilegio que no se puede explicar, solo agradecer.
Eso viví. Eso estoy viviendo.
Y basta eso para recordar que la vida, cuando quiere, sabe sorprender. Que no todo tiene que estar trazado para tener sentido. Que hay encuentros que dejan una marca que cambia la forma en que uno mira lo que sigue.
Porque así llegan algunas personas: sin anuncio, sin historia previa, sin pertenecer a ningún plan. Llegan y abren ventanas donde uno no sabía que había muros.
Nos prestan su forma de ver, su manera de tocar el mundo, y de pronto lo cotidiano se vuelve nuevo otra vez.
Aprendemos entonces que no todo descubrimiento nace de uno mismo. Que a veces hace falta la mirada ajena para notar lo que siempre estuvo ahí. Que hay gestos, palabras, silencios incluso, que nos enseñan sin proponérselo. Y que en ese intercambio silencioso de ideas, de risas, de pasos compartidos... uno empieza a transformarse un poco.
No es algo que se note de inmediato. Es más bien una semilla discreta.
Pero crece.
Y cuando lo hace, uno entiende que no se trata solo de lo que vivimos, sino de con quién lo vivimos.
Que cada encuentro tiene la posibilidad de ampliar el mundo, de hacerlo más hondo, más humano. Y que quizá, en el fondo, seguimos buscando personas con las que el tiempo se vuelva distinto, aunque sea por unas horas. Personas con las que valga la pena perderse un poco… para encontrarse de otra manera.
Batalla Silenciosa
La batalla silenciosa que libramos contra nosotros mismos Hay luchas que el mundo puede ver. Problemas que se muestran en el rostro, dificul...
-
En la noche callada, la ciudad se detiene, las luces en rojo respiran su pena. Ni pasos, ni autos, ni voces que suenen, solo el frío y el vi...
-
Necesito darme un respiro para no caer en la locura. OK, quiza eso suena muy exagerado... comencemos otra vez. Necesito darme r...