Se trata de empleos atávicos, arcaicos en ocasiones, algunos ya disueltos en la neblina del tiempo y otros se han ido reconvirtiendo y se niegan a desaparecer, especialmente, aquellos que tenían y tienen una aureola de sagrado, de mágico, de poderoso y de creencia supersticiosa. Desde siempre han existido personajes dotados por la tradición popular de poderes para aminorar el sufrimiento de sus semejantes hasta el punto de que, muchas de sus prácticas, se convirtieron en verdaderos oficios gracias a la sabiduría ancestral.
Hubo un tiempo —y quizá todavía lo hay— en que el mundo no se explicaba: se interpretaba.
La lluvia no era únicamente un fenómeno atmosférico; podía ser un castigo. Una señal. Un anuncio. El fuego no solo calentaba: purificaba. Las enfermedades no provenían siempre de bacterias invisibles, sino de miradas torcidas, maldiciones, pecados, espíritus o desequilibrios del alma. Y en medio de esa incertidumbre, aparecieron figuras extrañas que caminaban entre lo humano y lo simbólico: saludadores, meigas, zahoríes, augures, arúspices, nigromantes, cartomantes, componedores.
Oficios nacidos de la necesidad más antigua del ser humano: la necesidad de comprender aquello que le supera.
Hoy solemos mirar estas palabras con cierta sonrisa moderna, como quien contempla una reliquia extravagante. Pero hacerlo sería ignorar algo fundamental: estas figuras no surgieron del absurdo, sino del miedo, del dolor y de la esperanza. Cada una de ellas ocupó un espacio que la ciencia, la medicina o la religión institucional aún no podían llenar completamente. Fueron respuestas imperfectas para preguntas inmensas.
Y quizá eso las vuelve profundamente humanas.
Porque antes de que existieran hospitales, existían curanderos. Antes de los psicólogos, existían mujeres que escuchaban penas junto al fuego. Antes de los meteorólogos, estaban los tempestarios, hombres y mujeres a quienes se atribuía la capacidad de ahuyentar tormentas o convocarlas. Antes de los mapas científicos del cuerpo, hubo componedores que “acomodaban” huesos con técnicas heredadas por generaciones. Antes de la estadística, el destino se leía en vísceras, estrellas o cartas.
No eran simples supersticiones aisladas: eran sistemas culturales completos. Lenguajes del misterio.
Resulta fascinante pensar que muchas de estas personas no eran poderosas en el sentido convencional. A menudo vivían en los márgenes. Eran ancianas solitarias, campesinos, viajeros, mujeres señaladas por la comunidad, hombres que heredaban secretos familiares. Sin embargo, poseían algo invaluable: la confianza colectiva. Y la confianza, desde siempre, ha sido una forma de poder.
Oscar de la Borbolla escribió alguna vez que el ser humano no vive solo de realidades, sino también de ficciones necesarias. Y quizá ahí habita el núcleo de estos oficios antiguos: no importaba únicamente si el ritual funcionaba “objetivamente”; importaba que alguien creyera que podía ser salvado. Que alguien sintiera que el dolor tenía sentido. Que la enfermedad no era un caos absoluto. Que existía una posibilidad de intervenir en el destino.
En el fondo, aquellos personajes eran administradores de la incertidumbre.
Y eso no ha desaparecido.
Solo cambió de vestimenta.
Porque el mundo contemporáneo, pese a toda su tecnología, sigue lleno de rituales disfrazados de modernidad. Seguimos buscando señales. Seguimos leyendo horóscopos aunque digamos que es “por diversión”. Seguimos atribuyendo energías a lugares y personas. Seguimos usando amuletos. Seguimos creyendo que ciertas palabras tienen poder. Incluso seguimos construyendo figuras capaces de tranquilizarnos frente al caos: coaches, gurús, influencers espirituales, terapeutas milagrosos, vendedores de bienestar instantáneo.
La diferencia es que hoy rara vez admitimos nuestra necesidad de magia.
Nos avergüenza.
La modernidad nos enseñó a venerar la razón, y con justa causa: la ciencia ha salvado millones de vidas y ha desmontado horrores nacidos de la ignorancia. Pero en ese proceso también olvidamos algo importante: el ser humano no es únicamente una criatura racional. Es simbólica. Ritualística. Narrativa. Necesita historias para sobrevivir emocionalmente.
Por eso estos antiguos oficios siguen fascinándonos.
No porque deseemos regresar a un mundo gobernado por supersticiones, sino porque intuimos que ahí existe una memoria olvidada sobre cómo las personas enfrentaban el miedo. Había algo profundamente poético en creer que alguien podía hablar con la lluvia, encontrar agua bajo la tierra o curar con palabras. Algo ingenuo, sí. Pero también profundamente bello.
Tal vez por eso estas figuras jamás desaparecen del todo.
Las meigas sobreviven en relatos familiares. Los zahoríes siguen caminando campos con varillas de madera. Los cartomantes continúan leyendo futuros en ciudades llenas de concreto. Los curanderos aún reciben personas que buscan algo que no encontraron en consultorios impersonales. Incluso la literatura y el cine están llenos de herederos modernos de aquellos personajes: brujas, alquimistas, profetas, médiums, guardianes del conocimiento prohibido.
Porque cada época reinventa sus propios intérpretes del misterio.
Y quizá lo más interesante no sea preguntarnos si estos oficios eran reales o falsos, sino entender qué necesidad humana les dio origen. ¿Qué vacío llenaban? ¿Qué consuelo ofrecían? ¿Qué clase de soledad curaban?
Al final, toda civilización construye sus propios puentes hacia lo desconocido.
Unos usan telescopios. Otros usan plegarias. Otros leen estrellas. Otros escuchan el viento.
Pero todos, absolutamente todos, intentan responder la misma pregunta ancestral:
¿cómo sobrevivimos a un mundo que nunca terminamos de comprender?
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