martes, 23 de junio de 2026
Todos herimos
domingo, 21 de junio de 2026
Las estrellas de mi noche
"No habrá noche tan oscura como la que está a punto de caer. La veo, ahí viene. Las estrellas de mi noche desaparecen una a una."
Hay despedidas que llegan con ruido. Puertas que se cierran de golpe, palabras que hieren, discusiones que dejan claro que algo terminó.
Y luego están las otras.
Las despedidas silenciosas.
Las que no anuncian su llegada porque no tienen nada que explicar. Las que se parecen más al cambio de estación que a una tragedia. Un día descubres que alguien ya no está. Quizá sigue vivo, quizá incluso sigue cerca, pero de algún modo ya emprendió el camino hacia otro lugar.
Siempre me ha llamado la atención la forma en que algunos animales enfrentan el final. Existe la creencia de que muchos gatos, cuando sienten que su tiempo se acerca, buscan apartarse. Se esconden. Se alejan de los rincones habituales de la casa y buscan un lugar donde nadie los encuentre.
No sé cuánto hay de mito y cuánto de realidad en ello. Lo que sí sé es que los seres humanos también lo hacemos.
No necesariamente para morir, sino para desaparecer de ciertas vidas.
Hay quienes se marchan sin odio. Sin resentimiento. Sin grandes discursos. Simplemente sienten que el camino que tienen delante ya no pasa por donde están ahora. Y entonces avanzan.
A veces somos nosotros quienes nos vamos.
Otras veces somos quienes nos quedamos mirando cómo alguien se convierte en una silueta cada vez más pequeña en el horizonte.
Durante mucho tiempo pensé que toda despedida debía tener una explicación. Que era necesario encontrar una causa, un culpable o una razón que justificara la ausencia.
Con los años empecé a sospechar que no siempre es así.
Algunas despedidas ocurren porque ocurren.
Porque las personas cambian. Porque los lugares cambian. Porque el tiempo tiene una costumbre desagradable y maravillosa a la vez: nunca se detiene para preguntarnos si estamos listos.
La noche de la que habla esa frase no es una noche de terror. Tampoco de desesperación.
Es la noche que llega cuando comprendemos que ciertas luces no nos acompañarán para siempre.
Las estrellas desaparecen una a una.
Un amigo al que ya no llamamos.
Una casa que dejamos atrás.
Una versión de nosotros mismos que ya no existe.
Un sueño que cumplió su propósito aunque jamás se hiciera realidad.
Y sin embargo, la oscuridad no siempre es enemiga.
Hay noches que no vienen a castigarnos. Vienen a enseñarnos a caminar sin aquello que creíamos indispensable.
Quizá por eso las despedidas más profundas rara vez son las más dramáticas. Muchas veces se parecen más a una marea que retrocede. No hace ruido. No pide permiso. Solo se aleja.
Y cuando finalmente entendemos que no podemos detenerla, descubrimos algo curioso: sobrevivimos.
Seguimos avanzando.
Miramos hacia arriba y notamos que el cielo ya no es el mismo. Faltan estrellas. Algunas de las más importantes, incluso.
Pero la noche continúa.
Y nosotros también.
Porque aceptar una despedida no siempre significa comprenderla. A veces basta con reconocer que ha llegado su momento.
Como los gatos que se apartan del camino conocido.
Como las estaciones que cambian.
Como las estrellas que desaparecen una a una antes del amanecer.
La noche viene. Es inevitable.
Pero también lo es el hecho de que, después de atravesarla, seguiremos encontrando motivos para levantar la vista hacia el cielo.
miércoles, 17 de junio de 2026
Batalla Silenciosa
La batalla silenciosa que libramos contra nosotros mismos
Hay luchas que el mundo puede ver. Problemas que se muestran en el rostro, dificultades que se cuentan en conversaciones o desafíos que otros reconocen y comprenden. Pero existen otras batallas que permanecen ocultas, desarrollándose en silencio dentro de nosotros. Son aquellas que nadie ve, pero que pueden llegar a ser las más agotadoras de todas.
A veces somos nuestros jueces más severos.
Nos exigimos más de lo que exigiríamos a cualquier otra persona. Recordamos nuestros errores con una precisión casi dolorosa y, sin embargo, olvidamos con facilidad nuestros logros, nuestros esfuerzos y las veces que logramos salir adelante cuando parecía imposible.
Nos quedamos atrapados en aquello que hicimos mal, convencidos de que define quiénes somos, mientras ignoramos todo lo que también hemos hecho bien.
Es una trampa común, creer que nuestro valor depende de la perfección.
Cuando las cosas no salen como esperábamos, aparece esa voz interna que cuestiona cada decisión, cada intento y cada sueño. Una voz que insiste en señalar nuestras fallas y que rara vez reconoce nuestro esfuerzo. Con el tiempo, esa voz puede llegar a ser tan familiar que terminamos confundiéndola con la verdad.
Pero la verdad suele ser mucho más compleja.
Somos seres humanos llenos de contradicciones. Hemos cometido errores, sí. Hemos tomado malas decisiones, hemos fallado y hemos decepcionado a otros y a nosotros mismos. Sin embargo, también hemos aprendido, hemos crecido y hemos sobrevivido a momentos que alguna vez pensamos que nos destruirían.
Ninguna persona puede reducirse a sus peores días.
La autocompasión no significa justificar todo lo que hacemos ni ignorar nuestras responsabilidades. Significa reconocer que merecemos la misma comprensión que ofrecemos a quienes amamos. Significa aceptar que equivocarse forma parte de la experiencia humana y que el crecimiento no nace del castigo constante, sino de la capacidad de aprender y continuar.
Quizá el acto más difícil no sea cambiar el mundo que nos rodea, sino cambiar la manera en que nos hablamos a nosotros mismos.
Porque muchas veces la herida más profunda no proviene de lo que otros dijeron, sino de aquello que repetimos en silencio cada día. De esas ideas que nos convencen de que nunca seremos suficientes, de que siempre estamos un paso por detrás o de que nuestros errores pesan más que nuestras virtudes.
Sin embargo, cada nuevo amanecer nos ofrece una oportunidad distinta.
La oportunidad de tratarnos con más paciencia.
De reconocer nuestros avances, por pequeños que parezcan. De entender que sanar no es olvidar el pasado, sino dejar de usarlo como una herramienta para castigarnos. De aceptar que nuestro valor no depende de ser perfectos, sino de seguir avanzando a pesar de nuestras imperfecciones.
Tal vez la meta no sea convertirse en alguien diferente.
Tal vez la meta sea aprender a mirar a la persona que ya somos con más comprensión, más respeto y más cariño.
Y quizá, en ese proceso, descubramos que la paz no llega cuando dejamos de tener defectos, sino cuando dejamos de creer que esos defectos son todo lo que somos.
sábado, 13 de junio de 2026
Vida ***
No sé mucho de la vida. Sé que naces, mueres y lo que está en medio de eso es todo lo que tenemos.
Y cuanto más tiempo pasa, más cierto me parece.
Nacemos sin pedirlo y morimos sin poder evitarlo. Entre esos dos instantes construimos todo: las personas que amamos, las promesas que hacemos, los errores que cargamos y los sueños que perseguimos aunque sepamos que quizás nunca se cumplan.
No sé mucho de la vida. No conozco su propósito ni sus secretos. Pero creo que si todo lo que tenemos está entre el primer aliento y el último, entonces vale la pena llenar ese espacio con algo que merezca ser recordado.
jueves, 11 de junio de 2026
Tinta y tiempo
Volví a dibujar.
No fue el evneto del año. No hubo música épica ni una revelación que cambiara mi vida. Solo un boligrafo, una hoja y una parte de mí que llevaba demasiado tiempo en silencio.Al principio la mano se sentía extraña, como si estuviera intentando recordar algo que no ve desde hace años. Las líneas salían inseguras, torcidas en algunos lugares, temblorosas en otros. Pero ahí estaban. Existían. Y por primera vez en mucho tiempo, yo también sentí que existía un poco más.
Hay una clase de soledad que no proviene de la ausencia de personas, sino de la distancia que se forma entre uno y las cosas que ama. Esa distancia crece despacio, casi sin que nos demos cuenta. Un día dejas de dibujar una semana, luego un mes, luego un año. Y cuando miramos atrás, parece que alguien más vivió esa parte de nuestra vida.
No dibuje para nadie. Ni por encargo ni pensando en hacer algo que podria vender despues. Solo lo hice por que queria, por impulso incluso.
Y me encontré con esa versión antigua de mí.
No dijo nada. No me reclamó el tiempo perdido ni las páginas vacías. Simplemente se sentó a mi lado mientras el grafito recorría el papel, como un viejo amigo.
Y aunque el dibujo no fue perfecto, hubo algo hermoso en él. No por el resultado, sino porque me recordó que algunas partes de nosotros nunca desaparecen del todo. Solo esperan.
Hoy volví a dibujar.
martes, 9 de junio de 2026
Karma
Listo, Karma.
Me dejaste amar,
ser amado
y perderlo todo...
...Ya no te debo nada.
Durante mucho tiempo pensé que existía algún tipo de cuenta pendiente entre nosotros.
Una deuda invisible escrita en algún rincón del universo. Cada fracaso parecía una cuota más. Cada despedida, un interés acumulado. Cada noche en silencio, una factura que llegaba sin aviso.
Y yo pagaba.
Pagaba con paciencia cuando quería gritar.
Pagaba con esperanza cuando ya no quedaba mucho que salvar.
Pagaba con pedazos de mí que jamás recuperé.
Hasta que un día, me permitiste tocar algo hermoso.
Me dejaste amar.
No de esa forma ingenua con la que uno ama cuando aún no conoce el dolor.
Me dejaste amar después de las heridas. Después de las traiciones.
Después de aprender que el corazón no es de acero, sino de cristal.
Y... también me dejaste ser amado.
Te lo agradezco.
Todavía recuerdo esos momentos pequeños. Insignificantes para cualquiera, pero los más importantes para mí. La tranquilidad absurda de saber que alguien estaba ahí, era un refugio.
Por un instante sentí que la vida podía ser amable.
...Me equivoqué...
Y lo perdí todo.
Porque así funcionan algunas historias. No terminan cuando el amor desaparece. Terminan cuando te das cuenta de que ya no queda nada por decir.
Hubo días en los que te odié por eso, Karma.
Te odié por dejarme probar la felicidad solo para arrebatármela después.
Te odié por hacerme creer que esta vez sería diferente.
Te odié por las canciones que ya no pude escuchar sin sentir un nudo en la garganta.
Por los lugares que se convirtieron en fantasmas.
Por las promesas que nunca llegaron a romperse porque simplemente se quedaron suspendidas en el aire.
Pero, incluso esa ira se desgasta.
Todo se desgasta.
La rabia.
La tristeza.
La nostalgia.
Hasta el amor aprende a quedarse quieto cuando el ruido desaparece.
Al final te queda algo extraño: compasión.
No por quien se fue.
No por mí.
Sino por la persona que fui mientras intentaba sostener lo inevitable.
Hoy miro atrás y ya no veo una tragedia.
Veo un capítulo hermoso y cruel al mismo tiempo.
Un recuerdo que todavía duele si lo aprieto demasiado.
Supongo que..
Perder no siempre significa que te quitaron algo. A veces significa que tuviste la fortuna de tenerlo.
Y aunque hubiera querido otro final, aunque todavía existan noches donde ciertos recuerdos regresan sin permiso, ya no siento que el universo me deba explicaciones.
La balanza está en paz.
Amé.
Me amaron.
Lo perdí.
Sobreviví.
Listo, Karma... Ya no te debo nada.
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En la noche callada, la ciudad se detiene, las luces en rojo respiran su pena. Ni pasos, ni autos, ni voces que suenen, solo el frío y el vi...
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We passed upon the stairs We spoke of was and when Although I wasn't there He said I was his friend Which came as a surpri...