miércoles, 17 de septiembre de 2025

Dos cuentos de terror

°Escribí estos cuentos durante mi viaje, espero que sean de tu agrado.



Los rostros de las cumbres



El poblado yacía en un valle oprimido por montañas enormes, coronadas por eternas nieblas que parecían no disolverse jamás. Se trata de un lugar olvidado por el mundo, oculto en los mapas, donde los caminos de tierra se desmoronan bajo la lluvia y las ruedas de los carruajes se hunden en el barro. La gente allí no hablaba demasiado, tampoco reía, ni cantaba. Incluso los niños preferían jugar en silencio, como si temieran ser escuchados por algo que acechaba en el aire.

Hubo un año donde un fuerte invierno cubrió la aldea como el musgo cubre las rocas, y nunca se fue del todo. Incluso en verano, el viento que descendía desde la montaña era helado, un viento que arañaba los pulmones como uñas invisibles. Las noches eran anormalmente oscuras y pesadas como el plomo donde solo se percibía el crujir de ramas y hojas proveniente del bosque que rodean el lugar.

Los habitantes se miraban unos a otros en la taberna, en la plaza, incluso en la iglesia abandonada. Sin embargo, bajaban siempre la mirada en cuanto los pensamientos oscuros intentaban salir por sus bocas. Aprendieron del silencio, un silencio que evitaba provocar a aquello que vigilaba desde lo alto. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: la montaña estaba viva.  

No de la forma en que viven los animales o las plantas, sino como algo inconmensurable, algo más cercano a un pensamiento eterno que a la materia. Su presencia impregna la tierra y la sangre de quienes moraban a sus pies. La montaña los miraba sin ojos, los vigilaba sin rostro, y jugaba con ellos como un cazador juega con la presa antes de dar el zarpazo.

Los aldeanos crecían bajo esa vigilancia muda, y la rutina era su única defensa. Trabajaban, dormían, trabajaban otra vez. Como hormigas huecas. Con el paso de los años, el frío les calaba no solo los huesos, sino la voluntad misma, hasta que se convertían en sombras de lo que habían sido. La juventud se les desvanecía sin dejar recuerdos, y el tiempo se volvía una neblina sin bordes.

Y entonces la vejez les alcanzaba. Aunque no de la manera convencional. Aquí, la montaña reclamaba lo suyo. Primero la mente se quebraba: olvidaban nombres, pero recordaban cosas que nunca habían vivido. Veían formas entre los árboles que nadie más veía, y escuchaban un murmullo persistente que parecía nacer del suelo mismo. Después llegó la furia. La docilidad de toda una vida se quebraba y los viejos atacaban con violencia a quienes tuvieran cerca, sobre todo a los niños, a quienes intentaban arrastrar hacia el bosque. Nadie sabía con certeza qué destino aguardaba a esos pequeños. Algunos decían que eran ofrecidos a la montaña como tributo, otros que la montaña los absorbía como un hongo absorbe la podredumbre del suelo.

Quienes lograban escapar contaban cosas imposibles: túneles húmedos bajo las raíces, pasillos que parecían respirar, cámaras donde la piedra palpitaba como carne, y voces, siempre voces, que repetían un murmullo burlón.

El mismo murmullo que los ancianos proferían una vez desterrados del pueblo:

“Hiat… hiat… hiat…”

Ya sin ropa y sin lenguaje, se internaban en el bosque, agazapados entre los pinos, acechando como animales famélicos. Desde la espesura, habia quienes alcanzaban a ver sus cuerpos huesudos, con la piel colgando como pergamino, sus ojos extraviados y la boca moviéndose sin cesar con aquel cántico aterrador. Cuando eran muchos, el murmullo se transformaba en un coro frenético, como un enjambre invisible que resonaba en los huesos, un cántico que helaba hasta la médula.

Y cuando la montaña los llamaba al final de su existencia, ellos lo sabían. Subían sin vacilación hasta la cima, caminando como sonámbulos entre la nieve y el hielo, y allí, en el último borde, se lanzaban al vacío con los brazos abiertos, como si se ofrecieran a un dios innombrable. Sus cuerpos se destrozaban contra las rocas, pero no había sangre suficiente para manchar la nieve. El viento se llevaba el eco de sus huesos quebrándose, y la montaña volvía a guardar silencio, satisfecha por un instante.

En aquel lugar el tiempo carecía de importancia. Nadie sabía cuántos años tenía realmente. Nadie era capaz de recordar cómo o cuando fue que llegaron ahí. Y sin embargo, todos lo sentían. Esa opresión en el pecho al caer la noche. Esa certeza de que algo estaba observándolos. 


El terror no era morir, sino ser de interés para la montaña y ser contado como parte de su juego eterno. La montaña no necesitaba matarlos; bastaba con vigilarlos, bastaba con dejarlos saberse presas. Y ellos obedecían, generación tras generación, marchitos, agotados, prisioneros de un ente que nunca habían visto, pero cuya sombra les robaba el tiempo y el espacio.







La Habitación


No fue capaz de recordar el momento exacto en que entró, o si alguien lo había empujado dentro, pero lo cierto es que allí estaba: una habitación sin ventanas, de muros lisos y desnudos, iluminada por una luz incierta, que no provenía de ninguna fuente concreta. El aire tenía un sabor metálico, como sangre reseca en la boca, y cada respiración le parecía más espesa que la anterior.

Al principio pensó que era un simple cuarto vacío. Cuatro paredes, un techo y un suelo y nada más. Pero a medida que pasaban los minutos —¿o eran horas, o días?— comenzó a percibir algo más profundo, una vibración bajo el silencio, como si las paredes mismas latieran de manera casi imperceptible.

Se dijo a sí mismo que era la imaginación, un truco de la mente para no sucumbir al tedio. Pero luego vino el olor. Un hedor viscoso, agrio, imposible de ubicar, que parecía emanar del concreto mismo. Y con el hedor, una sospecha: que no estaba solo.

La paranoia lo obligó a tocar los muros. Eran tibios, húmedos, como piel febril. Retiró la mano con repugnancia, convencido de que palpaba el límite de algo vivo, un útero colosal que lo había devorado y ahora lo digería lentamente. Intentó reírse de esa idea, pero la risa le sonó hueca, como si no fuera suya.

Comenzó a hablar consigo mismo. Primero para acompañarse, luego para imponerse la certeza de que aún era humano. Pero cada palabra que pronunciaba parecía resonar en doble, como si un eco interno, reptil y blasfemo, repitiera sus frases con ligeras distorsiones. “Estoy aquí, aún soy yo” murmuraba. Y en el eco, juraría escuchar: “Aquí estoy, ya no eres tú”.

El hambre llegó en algún punto. No recordaba cuándo fue la última vez que había comido, pero sus entrañas ardían de vacío. Soñó con carne, con fluidos espesos, con arrancarse tiras de piel para masticarlas como quien mastica cuero húmedo. Despertó con la lengua cubierta de sangre: se había mordido hasta desgarrarse el interior de las mejillas. El sabor era repulsivo y exquisito a la vez, como una comunión invertida, un sacramento que lo unía a la cámara en que estaba preso.

El tiempo perdió sentido. Se preguntaba si acaso no había muerto antes de entrar, y aquello era el purgatorio, o peor, un limbo que ninguna religión había osado describir. Había leído, en alguna parte, que los antiguos temían más al encierro eterno que al infierno mismo. Ahora comprendía por qué: el infierno es dolor; el encierro es duda. La tortura del infierno tiene sentido; el encierro, en cambio, carece de todo propósito. Y la mente, al buscar significado en lo que no lo tiene, se despedaza sola.

Una noche —o lo que creyó que era noche— soñó que el muro frente a él se abría como un párpado, y detrás se asomaba un ojo de magnitudes impensables. Un ojo que no parpadea, que no tenía pupila ni iris, sino que era un abismo líquido, infinito, que lo miraba y lo despojaba de todo vestigio de individualidad. Despertó gritando, convencido de que el ojo no había desaparecido. Que todavía lo observaba.

Empezó a arañar el suelo. Primero para distraerse, después para sentir bajo sus uñas el polvillo áspero que le recordaba que aún había materia más allá de su propia carne. Arañó tanto que las uñas se astillaron y cayeron como escamas. La sangre manchó la superficie, y el olor a hierro fresco se mezcló con el hedor ancestral del cuarto. Se preguntó si el cuarto se alimentaba de él, o si él, sin saberlo, se estaba fundiendo con el cuarto, volviéndose el pulso, el olor, el eco.

En algún punto, dejó de importar. Su nombre se deshizo de su mente. Intentó pronunciarlo en voz alta, pero sólo salió un sonido seco, como el graznido de un ave moribunda. Descubrió que ya no tenía identidad, que su memoria se había convertido en un charco turbio. Sólo quedaba el presente eterno de la habitación sin ventanas.

Y entonces lo comprendió: la verdadera prisión no eran los muros. Era la certeza de que nunca había existido nada fuera de ellos. Que los recuerdos eran invenciones de una mente necesitada de historia. Que jamás hubo un “antes”.

Sonrió, con los labios agrietados, al darse cuenta de lo inevitable. Si la habitación era infinita, entonces también lo era él. Si la habitación era carne, entonces él era un órgano suyo. Si la habitación era Dios, él era su plegaria.

Se tumbó en el suelo, escuchando el palpitar rítmico de los muros. Por primera vez, no sintió miedo. Sólo una certeza nauseabunda: que nunca había sido un hombre en una celda, sino una célula consciente atrapada en un organismo inconmensurable. Y que aquello que lo contenía no tenía rostro, ni forma, ni compasión.

La luz indeterminada se intensificó, hasta quemarle las retinas. Sonrió con la boca abierta, desdentada ya de tanto rechinar, y su último acto de existencia no fue más que un gemido febril que se fue apagando lentamente en el infinito de su muerte.


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