El Otoño
Hay algo en el otoño que siempre parece llamar a la memoria.
El aire se vuelve más frío, pero también más íntimo.
Los colores del mundo se transforman en un mosaico de ocres, dorados y rojos, y es como si cada hoja que cae llevara consigo un recuerdo.
Caminar bajo los árboles en esta época es un viaje en el tiempo.
De pronto, la mente comienza a rescatar rostros que creíamos olvidados: la sonrisa de alguien, la mirada de quién ya no esta, las risas que llenaron tardes que ya no volverán.
El otoño tiene ese poder de hacernos detener y mirar hacia atrás, de hacernos sentir que hemos vivido.
No es solo nostalgia; es un abrazo suave que nos dice que esas pasiones, esos amores, esas emociones, siguen vivos en nosotros.
Que aunque el tiempo pase y las hojas caigan, lo que fuimos permanece en la memoria, igual que los árboles que cada año se desprenden de su follaje pero vuelven a florecer.
Quizá por eso el otoño siempre me ha parecido una estación de reencuentros internos.
Una oportunidad de reconciliarse con el pasado, de agradecerle a la vida por lo bueno y también por lo difícil.
Es el recordatorio de que somos un mosaico de momentos, y que cada uno de ellos nos ha hecho quienes somos.
Hoy, mientras camino y las hojas crujen bajo mis pies, me descubro sonriendo.
Porque en cada color que pinta el otoño hay un recuerdo que me acompaña, y en cada recuerdo hay una pequeña chispa de lo que sigo siendo.
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