jueves, 17 de septiembre de 2026

Inmortales

Hay personas que se marchan y, aun así, tardan muchísimo tiempo en irse de nosotros.

Y aunque no sigamos esperando que regresen, ni que necesariamente queramos recuperarlas... una parte de nuestra historia quedó construida alrededor de ellas.

Ahí está el verdadero duelo. Descubrir que alguien puede desaparecer de nuestra vida sin desaparecer inmediatamente de nuestra memoria, de nuestras costumbres, de nuestras conversaciones internas o incluso de la manera en que entendemos quiénes somos.
A veces creemos que superar una pérdida significa dejar de sentir. Como si sanar consistiera en despertar una mañana y descubrir que ya no duele, que ya no pensamos en aquello, que podemos pronunciar un nombre sin que algo se mueva dentro de nosotros.

Pero así no funciona. Quizá sanar no consiste en borrar una presencia, sino en aprender a convivir con su ausencia sin permitir que esa ausencia siga gobernando nuestra existencia.

Suena extraño, lo se.
Pero hay recuerdos que en vez de desaparecer, cambian de lugar.

Al principio están en todas partes. En una canción, en una calle, en una fotografía, en una fecha, en una frase que alguien dice sin saber que acaba de tocar una herida. Después, lentamente, empiezan a ocupar un espacio menos violento. Siguen ahí, pero ya no gritan. Se convierten en una habitación a la que alguna vez pertenecimos y que todavía podemos recordar sin necesidad de volver a vivir dentro de ella.
Y creo que existe algo hermosamente humano en aceptar eso.

Nos han enseñado a pensar que debemos desprendernos completamente de aquello que nos hizo daño, como si nuestra memoria fuera una casa que necesita ser vaciada para poder continuar. Pero no siempre tenemos que destruir las habitaciones donde alguna vez fuimos felices, algunas pueden permanecer cerradas.

Perder a alguien también significa descubrir quién éramos cuando esa persona estaba a nuestro lado.
Y eso puede ser doloroso.
A veces no extrañamos únicamente a la persona. Extrañamos al ser humano que nosotros mismos éramos cuando estábamos con ella. Extrañamos nuestras conversaciones, nuestras ilusiones, nuestras versiones más ingenuas, la manera en que imaginábamos el futuro antes de que la vida nos demostrara que ningún futuro viene con garantías.

Con el tiempo comprendemos algo incómodo pero liberador, no todo lo que amamos está destinado a permanecer. 
Hay encuentros que duran poco y dejan una vida entera detrás de ellos.
Por eso, quizá recordar no sea una forma de 

Hay personas que nunca volverán a caminar junto a nosotros. Algunas porque murieron, otras porque eligieron otro camino, otras porque nosotros tuvimos que elegir el nuestro.

Nada nos pertenece completamente. Ni las personas, ni los momentos, ni siquiera las versiones de nosotros mismos que alguna vez creímos definitivas.

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