"La gente confundida hiere a la gente increíble."
No siempre es la maldad la que deja cicatrices. A veces es la confusión. Personas que no entienden lo que sienten, que no saben qué quieren, que cargan miedos, inseguridades o heridas sin resolver. En medio de ese caos interno, terminan dañando a quienes más luz les ofrecen.
La gente increíble suele ser paciente, comprensiva y generosa. Ve potencial donde otros ven defectos y ofrece afecto incluso cuando no es correspondido de la misma manera. Pero cuando alguien vive perdido en sus propias dudas, puede interpretar esa bondad como debilidad, esa paciencia como algo garantizado o ese amor como algo que siempre estará ahí.
Y así ocurre una de las tragedias más comunes: no se pierde a las personas extraordinarias por falta de valor en ellas, sino por falta de claridad en quienes las rodean.
La confusión es temporal, pero las heridas que deja pueden durar años. Por eso comprenderse a uno mismo no es solo un acto de crecimiento personal; también es una forma de proteger a quienes nos entregan lo mejor de sí mismos.
Porque muchas veces, cuando la confusión desaparece y la mente finalmente se aclara, ya es demasiado tarde para recuperar a la persona increíble que se alejó cansada de esperar.
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