domingo, 21 de junio de 2026

Las estrellas de mi noche

"No habrá noche tan oscura como la que está a punto de caer. La veo, ahí viene. Las estrellas de mi noche desaparecen una a una."


Hay despedidas que llegan con ruido. Puertas que se cierran de golpe, palabras que hieren, discusiones que dejan claro que algo terminó.


Y luego están las otras.

Las despedidas silenciosas.

Las que no anuncian su llegada porque no tienen nada que explicar. Las que se parecen más al cambio de estación que a una tragedia. Un día descubres que alguien ya no está. Quizá sigue vivo, quizá incluso sigue cerca, pero de algún modo ya emprendió el camino hacia otro lugar.


Siempre me ha llamado la atención la forma en que algunos animales enfrentan el final. Existe la creencia de que muchos gatos, cuando sienten que su tiempo se acerca, buscan apartarse. Se esconden. Se alejan de los rincones habituales de la casa y buscan un lugar donde nadie los encuentre.

No sé cuánto hay de mito y cuánto de realidad en ello. Lo que sí sé es que los seres humanos también lo hacemos.

No necesariamente para morir, sino para desaparecer de ciertas vidas.


Hay quienes se marchan sin odio. Sin resentimiento. Sin grandes discursos. Simplemente sienten que el camino que tienen delante ya no pasa por donde están ahora. Y entonces avanzan.

A veces somos nosotros quienes nos vamos.

Otras veces somos quienes nos quedamos mirando cómo alguien se convierte en una silueta cada vez más pequeña en el horizonte.


Durante mucho tiempo pensé que toda despedida debía tener una explicación. Que era necesario encontrar una causa, un culpable o una razón que justificara la ausencia.

Con los años empecé a sospechar que no siempre es así.

Algunas despedidas ocurren porque ocurren.

Porque las personas cambian. Porque los lugares cambian. Porque el tiempo tiene una costumbre desagradable y maravillosa a la vez: nunca se detiene para preguntarnos si estamos listos.


La noche de la que habla esa frase no es una noche de terror. Tampoco de desesperación.

Es la noche que llega cuando comprendemos que ciertas luces no nos acompañarán para siempre.

Las estrellas desaparecen una a una.

Un amigo al que ya no llamamos.

Una casa que dejamos atrás.

Una versión de nosotros mismos que ya no existe.

Un sueño que cumplió su propósito aunque jamás se hiciera realidad.

Y sin embargo, la oscuridad no siempre es enemiga.


Hay noches que no vienen a castigarnos. Vienen a enseñarnos a caminar sin aquello que creíamos indispensable.

Quizá por eso las despedidas más profundas rara vez son las más dramáticas. Muchas veces se parecen más a una marea que retrocede. No hace ruido. No pide permiso. Solo se aleja.

Y cuando finalmente entendemos que no podemos detenerla, descubrimos algo curioso: sobrevivimos.

Seguimos avanzando.

Miramos hacia arriba y notamos que el cielo ya no es el mismo. Faltan estrellas. Algunas de las más importantes, incluso.


Pero la noche continúa.

Y nosotros también.


Porque aceptar una despedida no siempre significa comprenderla. A veces basta con reconocer que ha llegado su momento.

Como los gatos que se apartan del camino conocido.

Como las estaciones que cambian.

Como las estrellas que desaparecen una a una antes del amanecer.

La noche viene. Es inevitable.

Pero también lo es el hecho de que, después de atravesarla, seguiremos encontrando motivos para levantar la vista hacia el cielo.

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