Ese espacio intermedio donde no somos lo suficientemente santos como para merecer una aureola, pero tampoco tan extravagantemente perversos como para ganarnos un tridente. Nos encanta flotar justo ahí, en la absoluta indefinición moral, llamándolo "complejidad humana" cuando en realidad es solo cobardía con un vocabulario elegante.
Hablé con Dios hoy y me dijo que está avergonzada de lo que ve.
Hablé con el diablo inmediatamente después y juró que no tiene la culpa de absolutamente nada de lo que pasa por aquí.
Y lo entendí perfectamente... porque, seamos honestos, yo siento exactamente lo mismo.
Resulta liberador echarle la culpa al cosmos, al destino o a las fuerzas metafísicas. Es el deporte nacional por excelencia. Cuando todo se derrumba, buscamos una audiencia divina para explicar que nuestras intenciones eran puras, aunque nuestros actos hayan sido un desastre absoluto.
Pero la verdadera revelación (esa que te cae en la cara como un balde de agua helada a las tres de la mañana) no llega cuando miras al cielo ni al infierno, sino cuando te atreves a sostenerle la mirada a tu propio reflejo.
Escuchar a la divinidad y darse cuenta de que suena exactamente igual a uno mismo es el colmo del narcisismo y de la tragedia.
La figura diabólica que imaginamos con cuernos y cola resulta tener tus mismos ojos, tu misma postura y esa sutil sonrisa de suficiencia cuando sabes que acabas de arruinarlo todo. Ahí es cuando uno decide mirar hacia otro lado. Es mucho más cómodo esquivar la mirada que aceptar la propia autoría.
«De brazos abiertos, permanezco solo.
No soy ningún héroe y no estoy hecho de piedra.
¿Correcto o incorrecto? Apenas puedo decirlo.
Estoy en el lado equivocado del cielo y en el lado correcto del infierno.»
Y ahí nos quedamos: con los brazos abiertos ante el vacío, solos, pretendiendo que nuestra fragilidad es una especie de medalla de honor.
“Es que no soy de piedra”, nos justificamos, como si la incapacidad de asumir nuestras cagadas fuera una condición médica incurable. No defendemos nuestra postura; simplemente nos dejamos caer en una espiral descendente donde cada día nos acercamos un poco más al inevitable final, convencidos de que el sufrimiento autoinfligido nos hace lucir interesantes.
Al final del día, estar en el lado equivocado del cielo y en el lado virtuoso del infierno es solo una forma muy poética de decir que no encajamos en ninguna parte porque nos da pánico decidir de qué lado de la historia queremos estar.
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