Hay personas que convierten la bondad en un disfraz. Lo planchan, lo perfuman y salen a exhibirlo como quien presume una conciencia limpia. Sonríen con la facilidad con la que otros respiran, estrechan manos, ofrecen palabras tibias y después se marchan dejando un rastro de ruinas que jamás reconocerán como suyo.
Lo curioso es que casi nunca mienten con la boca. Mienten con los gestos. Con el interés disfrazado de cariño. Con la compasión calculada. Con esa costumbre miserable de acercarse solo mientras el reflejo les favorece. Cuando el espejo deja de devolverles una imagen cómoda, desaparecen... y todavía encuentran la manera de sentirse las víctimas.
El ego es un actor extraordinario, convence incluso a quien lo alimenta de que nunca hizo daño. Le basta una máscara bonita para dormir tranquilo. Después de todo, el mundo siempre aplaude más una buena apariencia que una buena conciencia.
Con el tiempo entendí que las personas falsas no siempre parecen monstruos. A veces parecen refugios. Y quizá por eso dejan heridas más profundas: porque uno baja la guardia creyendo que ha encontrado un lugar seguro, cuando en realidad solo era otro escenario montado para satisfacer el hambre de alguien más.
No guardo rencor. El rencor exige demasiado esfuerzo para quien ya vio suficiente. Prefiero observar cómo algunas máscaras envejecen pegadas a la piel hasta que nadie recuerda el rostro que escondían. Debe ser una forma terrible de existir: pasar la vida interpretando a alguien bueno sin tener el valor de serlo.
Al final, la verdad tiene una costumbre incómoda. Siempre espera. No grita, no persigue, no suplica. Solo permanece. Y un día, cuando las máscaras se agrietan y los aplausos se apagan, deja a cada quien frente al único rostro del que nunca pudo escapar.
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