domingo, 23 de mayo de 2021

Cartas sonoras para cuerpos celestes

“Cartas sonoras para cuerpos celestes”. 

Linda frase ¿verdad?,  ¿no te ha pasado que te pierdes en las palabras?

A veces me pasa. Perderme en las palabras.

Qué son esas cartas? ¿De quiénes? ¿Para quiénes? La realidad que descubro es más alucinada y conmovedora de lo que imaginaba.

Lo planteo de otra manera: ¿ustedes hablan con los muertos? ¿Les preguntan cosas, les cuentan, los cuestionan, les reclaman, les dicen frases cariñosas? O sea: ¿hablan con sus muertos queridos? O quizás habría que peguntar, ¿hay alguien que no hable con sus muertos?

Tal vez no sea otro el tema de la literatura. De manera directa o indirecta pareciera que allí siempre hablamos con los muertos: de Jorge Manrique a Rulfo y Sabines; de Quevedo a Rosario Castellanos y Vicente Quirarte. 

Conozco tres libros de poetas argentinas: Graciela Safranchik y su Kadish, Gisela Heffes y Cocodrilos en la noche, Tamara Kamenszain y El eco de mi madre, (“No puedo narrar. / ¿Qué pretérito me serviría / si mi madre ya no me teje más?). El padre o la madre ausentes se hacen presentes en la escritura.

No hubo un solo día en que la luz / no dejara en su frente un trance / un hechizo una señal de que era en él / donde la claridad había elegido / abrirse al que quisiera verla. / La claridad del día / en su lúcida extensión sin un reproche. / La de la noche en su espesura sin cascajo… / No hubo un solo día / en que la luz no lo eligiera… escribe Francisco Segovia sobre Tomás.

Pienso también en los hijos dolorosa o salvajemente cantados por Javier Sicilia, Esther Seligson o Chantal Maillard.

Se escribe para dejar de ser seres incompletos, aún sabiendo que es imposible lograrlo. Para recuperar el rastro de quienes ya no están. Para recuperar su hálito, su huella, su voz. Para reclamarles por no habernos enseñado a vivir con su ausencia. Mi madre estuvo toda la vida conmigo y nunca me dejó pensar que yo podría estar sin ella, dice Diamela Eltit.

Y ahí aparecen las “Cartas sonoras para cuerpos celestes”, un título que me conmueve profundamente. Nunca logro descifrar por qué ciertas palabras, ciertas frases me conmueven al grado de querer tatuármelas o pintarlas en alguna pared de la ciudad (en la adolescencia las escribía en papelitos mal recortados que iba clavando pegando en un scrapbook). Hoy, cuando encuentro frases que me sacuden con esta fuerza casi mítica, las leo y releo, y alguna vez escribo estas notas que despues comparto. Pienso que por eso no soy buen crítico; porque no puedo descifrar, ni analizar, ni explicar, lo único que puedo y quiero es compartir mi conmoción.

Podemos escuchar estos mensajes íntimos, tan íntimos como el mejor de los poemas, y podemos abrazar a esos seres dolientes, y dolernos con ellas y ellos, con-dolernos, acompañarlos. ¿No es eso acaso lo que hacemos también con los poetas?

Cada carta es una declaración de amor, de cariño, de agradecimiento, de tristeza, de reclamo a la vida y la muerte. Todo al mismo tiempo. Son también un espacio de catarsis y de encuentro. Hay quien canta, quien llora, quien sólo pone música, quien recuerda escenas compartidas, quien habla de una gatita que maúlla, de una lluvia que acompaña… Cuánta necesidad tenemos de sumar nuestro desasosiego al de otros. Pongo mi corazón sobre esta mesa, / transido, desatado, hondo de pena, escribió Piedad Bonnett. Una voz muy joven dice: “sólo quiero que sepas que te amo y que te extraño”. Y resume todos los modos de amar y de extrañar. Resume todos los duelos.

Algo de profundamente sagrado hay en el espacio virtual así creado; como en un antiguo ritual de sanación, somos conscientes de nuestra esencial soledad y a la vez de que, desde allí, desde esa sima cósmica, podemos reunirnos, en un instante mágico, con la luz de otras soledades. Finalmente, ¿qué otra cosa somos sino polvo de estrellas en busca de esa luz?

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