martes, 18 de mayo de 2021

¿Sigo vivo? supongo que si.

¿Qué hago aquí ?, ¿para qué soy ?, no estoy pensando en las respuestas de las innumerables religiones que al responder a esta pregunta de modo contundente, con alguna propuesta de trascendencia, la sofocan, la extinguen: nos hacen sentir que todo es demasiado claro, sino al hecho de que cada persona con lo que hace o deja de hacer responde a la pregunta con la totalidad de su vida, pues en cada momento, en cada decisión el ser humano responde al asunto del sentido con sus actos y, por ello, la vida particular, la de cada quien , es el manifiesto práctico de ese sentido.

 ¿Qué hago ?, ¿elijo A o elijo B? ¿Qué hago cuando no puedo elegir porque no tengo ante mí A y B, sino sólo A? En todas estas grandes o pequeñas decisiones o imposiciones cada quien va dejando en claro el para qué de su vida: su sentido. Porque no todos se dedican a teorizar, pero sí todos hacen lo que pueden o lo que quieren con su vida o, al menos, su vida resulta ser una combinación de esas decisiones e imposiciones. El sentido de la vida puede leerse hacia el pasado, descifrando la serie de elementos que fueron combinándose para llegar al punto en el que cada quien se encuentra: lo que cada quien es ahora. Ese es el sentido. Puede no gustarnos, puede parecernos suficiente o incluso podemos sentirnos muy contentos con lo que hemos hecho; pero, al margen de la opinión que nos merezca nuestra vida, ella está ahí como la única respuesta que nos dimos acerca de su sentido: lo que cada quien ha hecho con su vida. Porque la vida, en efecto, tiene sentido, precisamente, porque no tiene un único sentido, cada quien se lo da, se haga o no preguntas filosóficas. Y si ante esta inmensa variedad de sentidos todavía se insiste en encontrar una formulación universal que exprese el sentido de todas las vidas habría que decir que el único sentido de la vida es... vivirla.

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