Celebrado en más de 80 países, el Día de la Madre ha creando un encuentro de generaciones entre abuelas, madres, hijas e hijos que reconocen y dan valor a los vínculos del amor vitales para mantener unidas a sus familias. Las madres siempre quieren lo mejor para sus hijos quitándose el pan de la boca para alimentarlos a ellos primero, después a ellas mismas, poseen un amor tan grande que les permite desvelarse y madrugar por su familia.
Ser mamá ante la falta de servicios de calidad, apoyo limitado, frente a la ola de violencia y desigualdades de género existentes, es un acto de valentía, pero sobre todo de fuerza inagotable ante la lucha por un futuro mejor, mujeres que en medio de pensamientos distintos, comparten un sueño y depositan esperanzas, pero más allá de las celebraciones, las rosas y ‘Las Mañanitas’ existen madres que no son celebradas ni mencionadas jamás, madres silenciosas, casi invisibles a los ojos de los demás. Mujeres que ya no necesitan vivir por alguien, porque ese ‘alguien’, su todo, les fue arrebatado.
Las cifras sobre desaparición de personas en México son opacas y macabras a la vez: mientras el Registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas del Gobierno de la Republica registra a 27,659 personas desaparecidas al cierre de 2015. Familias que viven con este delito clavado en el corazón, hijos desaparecidos y madres que aún están esperándolos. Este dolor se agudiza cada 10 de mayo.
Hay también un registro por parte de la Comisión Nacional de Derechos Humanos 21,000 casos de personas migrantes secuestradas o desaparecidas en el 2015 y entre 70 mil y 150 mil desde el 2007. La muerte de una persona es una tragedia, la muerte de millones es estadística.
Frente a esta dolorosa situación es comprensible el surgimiento de diferentes movilizaciones sociales que buscan hacer frente a la crisis de derechos humanos por la que el mundo atraviesa. Resulta necesario recordar y visibilizar en este día la digna lucha de las miles de madres centroamericanas que desde 2004 y a lo largo de más de una década han recorrido sin cesar el territorio mexicano buscando a sus hijos e hijas arrebatados por el crimen, la violencia, la impunidad y la ineficiencia de las instituciones mexicanas de procuración y administración de justicia. Se necesita más que nunca de personas sensibles que escuchen y entiendan que la crisis de derechos humanos no son solo recomendaciones de organismos internacionales, mala prensa o cifras vergonzosas. Sino que detrás de esos señalamientos hay hombres, mujeres y niños asesinados, desaparecidos, torturados, abusados. Personas que cargan con el dolor y con una injusticia que es responsabilidad de las autoridades por lo que hacen y sobre todo por lo que dejan de hacen.
Hacer visible la impunidad de los casos ante la ausencia de acciones y planes de búsqueda; la corrupción y colusión de las autoridades; el riesgo en que se encuentran los familiares por buscar a sus seres queridos y exigir justicia; la mala fe de la diligencias de identificación de restos así como la falta de políticas adecuadas de educación, vivienda y trabajo. Crean una expectativa desalentadora para muchos hogares, donde la guerra delirante entre criminales y autoridades se confunden, donde el Ejército, la Marina o las policías se sienten con el derecho de arrancar las vidas de tantos, de miles; no hay capacidad de comprender la razón por la que muere un hijo. Siempre es una causa tonta, estúpida, un minuto, un lugar equivocado.
No todas las madres podrán celebrar junto a sus hijos, ni todos los hijos junto a sus madres; el hueco que deja en el alma un hijo ausente no lo llena nada, y el dolor nunca será el mismo. No es lo mismo perder a unos padres que perder a un hijo. No es lo mismo perder a tu pareja que tu hijo. No será igual el primer día que pasados los años. No es lo mismo si la pérdida fue por enfermedad, como consecuencia de una acción de alguien; no les digas que no lloren, no les digas que lo olviden, que ya paso suficiente tiempo. Su vida ya no será la misma.
Habría que preguntarse; ¿Cómo es la vida de las madres sin hijos? ¿Cómo es la vida con hijos ausentes, muertos o desaparecidos? Nacer y morir. Felicidad y dolor. Ellas, que no saben si están vivos o muertos, que sus días transcurren pensando en volver a verlos, que caminan como almas en pena creyendo verlos en una calle, reconociéndolos en una multitud, buscándolos en una plaza, en un descampado, en una fosa.
Mujeres que perdieron una parte de su ser cuando sus hijos murieron, que viven por vivir, que resisten quizá porque tienen más hijos, pero que cada día recuerdan al ausente y esperan algún día reunirse con él o ella.
Ninguna persona está preparada para decirle adiós a un hijo, para vivir sin él o sin ella. Nadie debería sufrir la pérdida de un hijo. Madres sin hijos, a quienes la guerra les arrebató a sus hijos. Son tantas las mujeres que llevan sus hijos a cuestas, en su alma, en su corazón combativo y amoroso. Las vemos en las calles, en las instituciones, en los juzgados, en las comisarías, buscando una respuesta, exigiendo justicia. Son guerreras, mujeres de luz, agentes de cambio.
En México como en muchos otros países existe un esquema basado principalmente en el prohibicionismo, un país lleno de mentiras, fraudes, bajo el régimen totalitario con una estructura piramidal donde se exige obediencia al pueblo.
Sin embargo, por razones increíbles y muchas de ellas ajenas a nosotros, permiten que la pirámide comience a colapsar y de ella deberían salir los individuos, singulares, gente que encuentre una manera totalmente propia de asumir su pertenencia, su sentido de identidad. No mexicanos uniformados, colectivos y transgénicos que no tienen soluciones, solo crean confusión y expanden la masa de pornografía mediática que los envuelve en la despersonalización.
Tal vez algo positivo es que la mayoría de las personas considera tener principios un poco más ambiguos precisamente para mostrar una responsabilidad más grata, existe un acercamiento a la cultura social mayor, por consecuencia existen conceptos basados en un reflejo efímero, pero al mismo tiempo constante dentro de la educación e idiosincrasia. Justamente en estos momentos donde la confusión reina terriblemente la atmosfera, las realidades no encajan con las condiciones soñadas; se vive en un tiempo difícil donde la violencia se ha convertido extremadamente propia, algo natural que impulsa al mundo a reivindicar la Paz como derecho humano.
Tras la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, se han ido planteando los llamados derechos de tercera generación: derecho a la autodeterminación, a los recursos naturales, al patrimonio histórico, al desarrollo… pero ha llegado el momento de dar un paso más y plantear un nuevo horizonte: el derecho humano a la Paz, un derecho que implica no sólo la dimensión colectiva, sino la individual. Un derecho que, jurídicamente recogido en el derecho internacional implicaría una garantía para todas las personas y los pueblos y una obligación de velar por su defensa que corresponde a todas las mujeres y los hombres, los pueblos, los Estados y los Organismos Internacionales. Un derecho y una obligación que ya existe de alguna en respeto a los Derechos Humanos, pero que se diluye ante los postulados de seguridad del convulso contexto nacional.
Para promover la Educación para la Paz. Es fundamental que las nuevas generaciones estén sensibilizadas y concienciadas sobre las realidades con las que tienen que convivir. La educación en valores como la igualdad, la solidaridad, la confianza, el respeto, la empatía, el diálogo, etc. facilitará la futura convivencia y dará herramientas a nuestras generaciones más jóvenes para asimilar y disfrutar de la diversidad cultural. La educación en valores es la mejor plataforma para tratar de evitar comportamientos no tolerantes o violentos.
La Paz es algo ansiado por todos y todas, pero sólo será posible cuando todos y todas trabajemos por ello. La Paz es un bien común y corresponde al Estado velar por su garantía, pero es competencia de todos los ciudadanos hacerla realidad. Toda contribución, por pequeña que sea, nos hará avanzar en nuestro camino a la paz. La paz es mucho más que la ausencia de guerra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario