miércoles, 31 de diciembre de 2025
Mensaje para todxs
jueves, 13 de noviembre de 2025
Cuando todo pesa más
miércoles, 1 de octubre de 2025
Hogar
Pronto regresaré a casa después de este largo viaje en solitario. No sé muy bien cómo describir lo que siento: es una mezcla extraña entre alivio, nostalgia y un poco de ansiedad. Por un lado, me emociona la idea de volver a lo conocido, de reencontrarme con mi hogar y con esas pequeñas rutinas que siempre terminan dando calma. Por otro, me invade esa sensación agridulce de dejar atrás un capítulo que, aunque no terminó siendo lo que imaginaba, sí dejó huellas en mí.
No tengo nada malo que decir de este viaje. Me mostró paisajes que nunca había visto, me dio momentos de silencio profundo y también instantes de compañía inesperada. Sin embargo, descubrí algo que no es fácil aceptar: este lugar no es para mí. Y aunque podría sonar a fracaso, lo cierto es que no lo siento así. Reconocer dónde no encajamos también es parte del camino. Es, de alguna manera, una brújula que nos va acercando hacia el sitio donde sí podremos sentirnos plenos.
Se dice mucho que los viajes cambian a las personas. Suena a frase repetida, pero al vivirlo en carne propia me doy cuenta de lo real que es. No se trata solamente de conocer nuevos espacios, sino de enfrentarse a uno mismo en circunstancias distintas, de poner a prueba la paciencia, la fortaleza y hasta la manera en que miramos la vida. Este viaje me cambió porque me obligó a escucharme más, a observar mis límites y a valorar lo que realmente me da sentido.
Hoy me voy con la certeza de que sigo en busca de un lugar donde pueda sentirme completo. No lo encontré aquí, pero sí encontré preguntas nuevas y respuestas que no esperaba. Quizá, al final, eso es lo más valioso que uno se lleva: la claridad de que cada paso, incluso los que no nos conducen al destino soñado, nos acercan un poco más a lo que buscamos.
Regreso a casa con el corazón agradecido y con la esperanza de que lo mejor aún está por venir.
sábado, 20 de septiembre de 2025
El camino hacia el Yo
miércoles, 17 de septiembre de 2025
Dos cuentos de terror
°Escribí estos cuentos durante mi viaje, espero que sean de tu agrado.
Los rostros de las cumbres
El poblado yacía en un valle oprimido por montañas enormes, coronadas por eternas nieblas que parecían no disolverse jamás. Se trata de un lugar olvidado por el mundo, oculto en los mapas, donde los caminos de tierra se desmoronan bajo la lluvia y las ruedas de los carruajes se hunden en el barro. La gente allí no hablaba demasiado, tampoco reía, ni cantaba. Incluso los niños preferían jugar en silencio, como si temieran ser escuchados por algo que acechaba en el aire.
Hubo un año donde un fuerte invierno cubrió la aldea como el musgo cubre las rocas, y nunca se fue del todo. Incluso en verano, el viento que descendía desde la montaña era helado, un viento que arañaba los pulmones como uñas invisibles. Las noches eran anormalmente oscuras y pesadas como el plomo donde solo se percibía el crujir de ramas y hojas proveniente del bosque que rodean el lugar.
Los habitantes se miraban unos a otros en la taberna, en la plaza, incluso en la iglesia abandonada. Sin embargo, bajaban siempre la mirada en cuanto los pensamientos oscuros intentaban salir por sus bocas. Aprendieron del silencio, un silencio que evitaba provocar a aquello que vigilaba desde lo alto. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: la montaña estaba viva.
No de la forma en que viven los animales o las plantas, sino como algo inconmensurable, algo más cercano a un pensamiento eterno que a la materia. Su presencia impregna la tierra y la sangre de quienes moraban a sus pies. La montaña los miraba sin ojos, los vigilaba sin rostro, y jugaba con ellos como un cazador juega con la presa antes de dar el zarpazo.
Los aldeanos crecían bajo esa vigilancia muda, y la rutina era su única defensa. Trabajaban, dormían, trabajaban otra vez. Como hormigas huecas. Con el paso de los años, el frío les calaba no solo los huesos, sino la voluntad misma, hasta que se convertían en sombras de lo que habían sido. La juventud se les desvanecía sin dejar recuerdos, y el tiempo se volvía una neblina sin bordes.
Y entonces la vejez les alcanzaba. Aunque no de la manera convencional. Aquí, la montaña reclamaba lo suyo. Primero la mente se quebraba: olvidaban nombres, pero recordaban cosas que nunca habían vivido. Veían formas entre los árboles que nadie más veía, y escuchaban un murmullo persistente que parecía nacer del suelo mismo. Después llegó la furia. La docilidad de toda una vida se quebraba y los viejos atacaban con violencia a quienes tuvieran cerca, sobre todo a los niños, a quienes intentaban arrastrar hacia el bosque. Nadie sabía con certeza qué destino aguardaba a esos pequeños. Algunos decían que eran ofrecidos a la montaña como tributo, otros que la montaña los absorbía como un hongo absorbe la podredumbre del suelo.
Quienes lograban escapar contaban cosas imposibles: túneles húmedos bajo las raíces, pasillos que parecían respirar, cámaras donde la piedra palpitaba como carne, y voces, siempre voces, que repetían un murmullo burlón.
El mismo murmullo que los ancianos proferían una vez desterrados del pueblo:
“Hiat… hiat… hiat…”
Ya sin ropa y sin lenguaje, se internaban en el bosque, agazapados entre los pinos, acechando como animales famélicos. Desde la espesura, habia quienes alcanzaban a ver sus cuerpos huesudos, con la piel colgando como pergamino, sus ojos extraviados y la boca moviéndose sin cesar con aquel cántico aterrador. Cuando eran muchos, el murmullo se transformaba en un coro frenético, como un enjambre invisible que resonaba en los huesos, un cántico que helaba hasta la médula.
Y cuando la montaña los llamaba al final de su existencia, ellos lo sabían. Subían sin vacilación hasta la cima, caminando como sonámbulos entre la nieve y el hielo, y allí, en el último borde, se lanzaban al vacío con los brazos abiertos, como si se ofrecieran a un dios innombrable. Sus cuerpos se destrozaban contra las rocas, pero no había sangre suficiente para manchar la nieve. El viento se llevaba el eco de sus huesos quebrándose, y la montaña volvía a guardar silencio, satisfecha por un instante.
En aquel lugar el tiempo carecía de importancia. Nadie sabía cuántos años tenía realmente. Nadie era capaz de recordar cómo o cuando fue que llegaron ahí. Y sin embargo, todos lo sentían. Esa opresión en el pecho al caer la noche. Esa certeza de que algo estaba observándolos.
El terror no era morir, sino ser de interés para la montaña y ser contado como parte de su juego eterno. La montaña no necesitaba matarlos; bastaba con vigilarlos, bastaba con dejarlos saberse presas. Y ellos obedecían, generación tras generación, marchitos, agotados, prisioneros de un ente que nunca habían visto, pero cuya sombra les robaba el tiempo y el espacio.
La Habitación
No fue capaz de recordar el momento exacto en que entró, o si alguien lo había empujado dentro, pero lo cierto es que allí estaba: una habitación sin ventanas, de muros lisos y desnudos, iluminada por una luz incierta, que no provenía de ninguna fuente concreta. El aire tenía un sabor metálico, como sangre reseca en la boca, y cada respiración le parecía más espesa que la anterior.
Al principio pensó que era un simple cuarto vacío. Cuatro paredes, un techo y un suelo y nada más. Pero a medida que pasaban los minutos —¿o eran horas, o días?— comenzó a percibir algo más profundo, una vibración bajo el silencio, como si las paredes mismas latieran de manera casi imperceptible.
Se dijo a sí mismo que era la imaginación, un truco de la mente para no sucumbir al tedio. Pero luego vino el olor. Un hedor viscoso, agrio, imposible de ubicar, que parecía emanar del concreto mismo. Y con el hedor, una sospecha: que no estaba solo.
La paranoia lo obligó a tocar los muros. Eran tibios, húmedos, como piel febril. Retiró la mano con repugnancia, convencido de que palpaba el límite de algo vivo, un útero colosal que lo había devorado y ahora lo digería lentamente. Intentó reírse de esa idea, pero la risa le sonó hueca, como si no fuera suya.
Comenzó a hablar consigo mismo. Primero para acompañarse, luego para imponerse la certeza de que aún era humano. Pero cada palabra que pronunciaba parecía resonar en doble, como si un eco interno, reptil y blasfemo, repitiera sus frases con ligeras distorsiones. “Estoy aquí, aún soy yo” murmuraba. Y en el eco, juraría escuchar: “Aquí estoy, ya no eres tú”.
El hambre llegó en algún punto. No recordaba cuándo fue la última vez que había comido, pero sus entrañas ardían de vacío. Soñó con carne, con fluidos espesos, con arrancarse tiras de piel para masticarlas como quien mastica cuero húmedo. Despertó con la lengua cubierta de sangre: se había mordido hasta desgarrarse el interior de las mejillas. El sabor era repulsivo y exquisito a la vez, como una comunión invertida, un sacramento que lo unía a la cámara en que estaba preso.
El tiempo perdió sentido. Se preguntaba si acaso no había muerto antes de entrar, y aquello era el purgatorio, o peor, un limbo que ninguna religión había osado describir. Había leído, en alguna parte, que los antiguos temían más al encierro eterno que al infierno mismo. Ahora comprendía por qué: el infierno es dolor; el encierro es duda. La tortura del infierno tiene sentido; el encierro, en cambio, carece de todo propósito. Y la mente, al buscar significado en lo que no lo tiene, se despedaza sola.
Una noche —o lo que creyó que era noche— soñó que el muro frente a él se abría como un párpado, y detrás se asomaba un ojo de magnitudes impensables. Un ojo que no parpadea, que no tenía pupila ni iris, sino que era un abismo líquido, infinito, que lo miraba y lo despojaba de todo vestigio de individualidad. Despertó gritando, convencido de que el ojo no había desaparecido. Que todavía lo observaba.
Empezó a arañar el suelo. Primero para distraerse, después para sentir bajo sus uñas el polvillo áspero que le recordaba que aún había materia más allá de su propia carne. Arañó tanto que las uñas se astillaron y cayeron como escamas. La sangre manchó la superficie, y el olor a hierro fresco se mezcló con el hedor ancestral del cuarto. Se preguntó si el cuarto se alimentaba de él, o si él, sin saberlo, se estaba fundiendo con el cuarto, volviéndose el pulso, el olor, el eco.
En algún punto, dejó de importar. Su nombre se deshizo de su mente. Intentó pronunciarlo en voz alta, pero sólo salió un sonido seco, como el graznido de un ave moribunda. Descubrió que ya no tenía identidad, que su memoria se había convertido en un charco turbio. Sólo quedaba el presente eterno de la habitación sin ventanas.
Y entonces lo comprendió: la verdadera prisión no eran los muros. Era la certeza de que nunca había existido nada fuera de ellos. Que los recuerdos eran invenciones de una mente necesitada de historia. Que jamás hubo un “antes”.
Sonrió, con los labios agrietados, al darse cuenta de lo inevitable. Si la habitación era infinita, entonces también lo era él. Si la habitación era carne, entonces él era un órgano suyo. Si la habitación era Dios, él era su plegaria.
Se tumbó en el suelo, escuchando el palpitar rítmico de los muros. Por primera vez, no sintió miedo. Sólo una certeza nauseabunda: que nunca había sido un hombre en una celda, sino una célula consciente atrapada en un organismo inconmensurable. Y que aquello que lo contenía no tenía rostro, ni forma, ni compasión.
La luz indeterminada se intensificó, hasta quemarle las retinas. Sonrió con la boca abierta, desdentada ya de tanto rechinar, y su último acto de existencia no fue más que un gemido febril que se fue apagando lentamente en el infinito de su muerte.
jueves, 11 de septiembre de 2025
El Otoño
sábado, 6 de septiembre de 2025
75 Días
Han pasado 75 días desde que llegué a Polonia. Setenta y cinco amaneceres distintos, lejos de lo conocido, lejos de las voces que me daban calma y de los rostros que eran mi refugio. A veces me sorprendo de lo rápido que pasa el tiempo, y otras veces siento que cada día pesa el doble.
Estar lejos es un reto de fuerza de voluntad. Uno no se aleja de casa por gusto al vacío, sino por esa necesidad de buscar oportunidades, de atreverse a entrar en lo incierto, aun cuando el corazón se aferra a lo que ya conoce. En ese viaje, la soledad se convierte en compañera: a veces cruel, a veces noble. Cruel porque recuerda constantemente lo que falta, pero noble porque obliga a mirarnos de frente y descubrir de qué estamos hechos.
Aprender a lidiar con la soledad no es sencillo. Hay días en los que me parece un muro infranqueable, y otros en los que descubro que también es una puerta hacia la calma, hacia el reencuentro conmigo mismo. En este camino encuentro más preguntas que respuestas, pero quizás de eso se trata: de aprender a convivir con la incertidumbre, sin perder la esperanza de que cada paso me acerca más al futuro que busco.
Hoy, al mirar atrás y contar 75 días, no me siento derrotado. Al contrario, me siento más consciente de la fuerza en mi para resistir, crecer y confiar en que todo este trayecto valdrá la pena sin importar lo que pase al final.
martes, 2 de septiembre de 2025
Contra la soledad
viernes, 29 de agosto de 2025
The man who sold the world ° David Bowie
We passed upon the stairs
Although I wasn't there
He said I was his friend
Which came as a surprise
I spoke into his eyes
I thought you died alone
A long long time ago
We never lost control
With the man who sold the world
And made my way back home
I searched for form and land
For years and years I roamed
I gazed a gazeless stare
At all the millions here
I must have died alone
A long, long time ago
We never lost control
You're face to face
With the man who sold the world
I never lost control
You're face to face
With the man who sold the world
I never lost control
You're face to face
With the man who sold the world
jueves, 28 de agosto de 2025
Con la verdad en las manos
Con la verdad en las manos
A veces creemos que las decisiones son finales, que un “sí” o un “no” determinan por completo el rumbo de nuestra vida. Pero la verdad es que la existencia es un proceso continuo de ajuste, de replantearnos lo que creíamos seguro y de atrevernos a cambiar de dirección cuando algo ya no resuena con lo que somos.
No hay deshonra en modificar el camino; al contrario, en ello se esconde una forma de honestidad profunda, casi radical: reconocer que hoy no somos exactamente quienes fuimos ayer. Cambiar de decisión no significa debilidad, significa atreverse a escuchar lo que dentro de nosotros pide ser atendido.
Cada situación tiene más de un ángulo. Podemos mirarla de frente y no entenderla, pero al girar, al intentar de nuevo, aparecen matices que antes se ocultaban. Y es en esa multiplicidad de perspectivas donde crecemos. No se trata de encontrar una respuesta definitiva, sino de descubrir quiénes somos mientras buscamos.
El presente exige verdad. Una verdad sin adornos, sin máscaras, que pueda sostenerse en nuestras manos aunque pese, aunque incomode. Porque solo desde allí, desde esa honestidad con nosotros mismos, es posible construir un futuro sólido, real y propio.
Mirarnos con valentía, aceptar los cambios de decisión y atrevernos a intentarlo tantas veces como sea necesario no es perder el rumbo: es, en esencia, aprender a caminar de verdad.
domingo, 17 de agosto de 2025
El arte de la amistad
Hay algo en la amistad que va más allá de las palabras, más allá de los gestos y las promesas. Es una fuerza silenciosa que nos acompaña en los días claros y nos sostiene en los oscuros. La amistad, cuando es verdadera, se convierte en un refugio y en un impulso: nos anima a seguir, a crecer y a creer en lo que llevamos dentro.
Esa misma energía se refleja en las pasiones que cada uno cultiva. Crear arte —ya sea con pinceles, con música, con letras o con la simple capacidad de imaginar— es una manera de dialogar con el mundo y con nosotros mismos. El arte nace de lo íntimo, pero se transforma y cobra vida cuando es compartido.
La amistad y el arte se tocan en un punto esencial: ambos nos recuerdan que no estamos solos. Cuando un amigo aprecia nuestra obra, la entiende, la celebra o incluso la cuestiona, el acto creativo adquiere un nuevo sentido. Y cuando compartimos pasiones, descubrimos que las ideas, las emociones y los sueños se multiplican, como si en cada gesto creativo estuviera latiendo también el corazón de quienes nos acompañan.
Crear, entonces, no es solo un impulso personal, sino también una celebración colectiva. Es la manera en que nuestras amistades dejan huella en nosotros, y en que nosotros dejamos huella en los demás.
La vida, al final, es también una gran aventura. Cada día nos invita a descubrir lo inesperado, a caminar por senderos que no siempre imaginamos. En ese recorrido, la amistad se convierte en brújula y el arte en bitácora: uno nos guía y el otro nos permite registrar, interpretar y embellecer lo que vivimos.
Las aventuras no siempre llegan en forma de viajes lejanos; a veces se presentan en una conversación nocturna, en un proyecto improvisado o en el simple hecho de atreverse a soñar juntos. Y en esas pequeñas y grandes aventuras, la amistad nos impulsa a atrevernos, mientras que el arte nos ofrece la manera de convertir esas vivencias en memoria, en emoción y en testimonio.
Así, la vida se vuelve más rica cuando se comparte y más profunda cuando se crea. Porque al final, lo que recordamos no son solo los lugares o los logros, sino las personas que nos acompañaron y las huellas artísticas que dejamos en el camino.
Universo y Costumbre
Se rozan, se provocan, se adivinan Se persiguen, se esquivan, se lastiman Se descubren al borde del silencio Se consumen despacio en el ince...
-
En la noche callada, la ciudad se detiene, las luces en rojo respiran su pena. Ni pasos, ni autos, ni voces que suenen, solo el frío y el vi...
-
Pronto regresaré a casa después de este largo viaje en solitario. No sé muy bien cómo describir lo que siento: es una mezcla ext...