martes, 14 de abril de 2026

A corazón compartido

 Hay recuerdos que regresan sin hacer ruido. 

No golpean la puerta ni interrumpen el día; simplemente… aparecen.

Llegan despacio, como llega la tarde cuando uno está distraído mirando por la ventana. La luz cambia poco a poco, el aire se vuelve más quieto, y de pronto uno se da cuenta de que algo en el ambiente ha cambiado. No piden permiso.

Simplemente se sientan junto a ti, como si siempre hubieran estado ahí, esperando el momento en que el corazón tuviera espacio para recibirlos. A veces vienen con una foto o una canción, una frase escuchada al pasar, un aroma…

Y entonces, vuelven aquellos días, cuando la vida parecía caber entera en una tarde de risas.

Cuando una conversación podía alargarse sin que nadie mirara el reloj, como si el tiempo hubiera decidido ser generoso por un momento y la noche se vuelve madrugada o la tranquilidad de caminar al lado de alguien sin necesidad de llenar el silencio con palabras.

Recuerdo esas horas que parecían pequeñas en aquel entonces, pero que ahora, al mirarlas desde la distancia, se sienten inmensas. Días en los que el mundo no pesaba tanto sobre los hombros. Días en los que bastaba la presencia de alguien para que todo pareciera estar en su lugar. Lo curioso es que en ese momento no sabíamos lo que estaba ocurriendo. No sabíamos que aquello que parecía tan cotidiano, tan simple, tan natural… algún día se convertiría en recuerdo.

Porque uno no entiende el peso de las cosas mientras las tiene en las manos. Uno vive, ríe, habla, camina junto a alguien… y cree que todo eso es simplemente parte del día. Pero el tiempo (con esa forma tan única que tiene de trabajar) va tomando esos momentos y los convierte en algo más profundo. En algo que un día regresa para recordarnos quiénes fuimos.

Hay personas que pasan por la vida de uno como pasa el viento por los campos, no piden permiso para llegar, ni prometen quedarse para siempre. Pero cuando atraviesan el paisaje, todo se mueve y hasta las hojas cambian de dirección. El aire se vuelve distinto. El campo entero parece respirar de otra manera. Algo queda distinto para siempre.


Así es el amor también.

A veces no llega con grandes promesas ni con palabras solemnes. No siempre aparece acompañado de juramentos eternos o de historias que parecen destinadas a durar toda la vida. Algunos amores llegan de manera sencilla, casi por casualidad. Como si la vida los hubiera puesto en el camino sin demasiada explicación, solo para ver qué ocurría cuando dos historias se encontraban por un instante.

Y, aunque no siempre duren, pasan cosas hermosas. Risas que todavía puedo escuchar si cierro los ojos. Miradas que decían más de lo que las palabras se atrevían a decir. Caminos que se cruzaron apenas un poquito… pero lo suficiente para dejar una marca que el tiempo no ha borrado, a veces los momentos más pequeños terminan siendo los más grandes dentro de la memoria.

Un paseo sin rumbo, una conversación que parecía insignificante, un gesto de cariño que en ese instante parecía normal… pero que después se convierte en algo que uno recuerda con una ternura profunda. Claro que...  también hubo errores. Errores de esos que uno entiende demasiado tarde. De esos que solo se vuelven claros cuando el tiempo ya ha pasado y las oportunidades quedaron atrás.


A veces pienso que la vida tiene una forma caprichosa de enseñarnos el mundo. Nos pone frente a personas que valen oro cuando todavía no sabemos reconocer el brillo. Personas que llegan con una luz particular… pero nosotros aún no hemos aprendido a mirar con los ojos correctos y entonces, las dejamos ir… o hacemos que se vayan.

No porque no importaran. No porque no hubiera cariño. Sino por esa torpeza que muchas veces acompaña a la juventud. Esa mezcla de prisa, miedo, orgullo y desconocimiento que nos hace creer que siempre habrá más tiempo, que siempre habrá otra oportunidad, otra conversación. Otro momento para decir lo que sentimos.


Pero la vida no siempre funciona así. Hay instantes que son únicos. Hay encuentros que ocurren solo una vez. Y cuando pasan, pasan.

Con el tiempo uno aprende a mirar hacia atrás de otra manera, ya no con culpa constante, ni con reproches interminables. Sino con una especie de nostalgia. Una nostalgia que no busca cambiar el pasado, sino comprenderlo. Que acepta los errores como parte del camino, como pasos necesarios para aprender a querer mejor. Reconocer nuestras fallas, aceptar que en algunos momentos no supimos hacer lo correcto y aun así seguir adelante con la decisión de ser una persona más consciente, más cuidadosa, más honesta con los sentimientos.


Hoy miro esos recuerdos con una mezcla extraña de emociones. Hay ternura. Hay gratitud. Hay una melancolía suave que aparece de vez en cuando, pero también hay algo más profundo. Un respeto sincero por todo lo que esos momentos significaron. Porque aunque los caminos hayan cambiado, aunque las personas hayan seguido rumbos distintos, lo que se vivió no desaparece. Permanece dentro de uno como una luz pequeña que sigue encendida en algún lugar del corazón.  Y tal vez eso sea lo más hermoso de todo. Que algunas personas, incluso después de haberse ido, continúan acompañándonos de una forma silenciosa.

Al final, los recuerdos no regresan para hacernos daño, regresan para recordarnos que, en algún momento de nuestra vida, fuimos profundamente humanos.

Aunque aquellas historias no se quedaron, dejaron algo en mí. Algo pequeño al principio, casi imperceptible, como una semilla que uno guarda sin saber que algún día echará raíces. Dejaron una manera distinta de mirar el mundo y una sensibilidad nueva para reconocer esos gestos diminutos. Todos estos recuerdos llegan de la mejor manera posible. No como una herida, es mas como una melodía que uno no escucha todos los días, pero que cuando aparece trae consigo una sensación cálida, familiar.


A veces me pregunto dónde estarán ahora. Si la vida les ha dado las cosas buenas que merecen. Si han encontrado lugares donde reír con libertad, personas que sepan ver la belleza que yo alguna vez vi. Quizá nunca lo sepa.



La vida tiene la extraña costumbre de cerrar caminos sin avisar cuándo será la última vez que veremos a alguien.

Pero hay algo que sí sé, hay personas que no desaparecen del todo. No importa cuántos años pasen, ni cuántos lugares nuevos aparezcan en el mapa de nuestra vida. Hay personas que se quedan viviendo en la memoria, no como fantasmas del pasado, sino como parte de la arquitectura de lo que somos.

Se quedan en pequeñas cosas, en ciertas palabras que aprendimos a decir gracias a ellas.

En ciertas formas de reír, en ciertos silencios que aprendimos a respetar.



Y… si por alguna casualidad del destino alguna de estas personas llegara a encontrarse con estas palabras…

Quisiera que supiera que no todo se perdió con el tiempo.

Que lo que compartimos no fue una página arrancada, ni una historia olvidada.

Fue una parte real de mi vida.

Aprendí mucho de su compañía, más de lo que probablemente supe reconocer en aquel momento. Aprendí que el cariño no siempre llega con estruendo, a veces llega despacio, como la luz de la mañana entrando por una ventana, aprendí que amar también es escuchar.


Es tener paciencia con los días difíciles.

Es sostener la mano de alguien incluso cuando no sabemos exactamente qué decir.



Y aunque los caminos siguieron su rumbo (como siempre terminan haciéndolo) todavía guardo esos recuerdos con el mismo cuidado con que se guardan las cosas más valiosas.


Con respeto.

Con gratitud.

Con una ternura que el tiempo no ha logrado borrar.



Es verdad…

hay amores que no estaban hechos para quedarse o tal vez no estaban destinados a existir en el momento correcto.

Pero eso no los vuelve menos reales.

Ni menos importantes.

Porque algunos amores no llegan para acompañarnos toda la vida.

Llegan para enseñarnos.

A querer.

A crecer.

A comprender.

A escuchar.

A dialogar.

A sentir.


A descubrir partes de nosotros mismos que ni siquiera sabíamos que existían.

Y tal vez de eso se trataba todo desde el principio.

De aprender. De ir recogiendo cada risa, cada error, cada gesto de ternura, cada despedida. De guardarlas en el bolsillo del alma hasta que un día uno mira hacia atrás y descubre que con todas esas pequeñas piezas se ha ido construyendo a sí mismo.


Hoy entiendo algo que antes no sabía ver. Cada persona que pasó por mi vida dejó una parte de lo que ahora soy.

En su paciencia aprendí calma.

En su ternura aprendí a mirar con más cuidado.

En sus dudas aprendí humildad.

En sus despedidas aprendí a valorar lo que permanece.


Nada de eso se perdió.

Todo vive aquí.

Porque uno crece así.

Aprendiendo a querer mejor.

Aprendiendo a cuidar lo que antes se nos escapaba entre las manos.

Aprendiendo a mirar a los demás con más gratitud que miedo.

Aprendiendo también (y quizá esto sea lo más difícil) a reconciliarse con uno mismo.

A perdonarse los errores.

Amar a las personas que caminan conmigo ahora.

Amar este mundo imperfecto que seguimos descubriendo día a día.

Amar las nuevas historias que aún no han sido escritas.

Y también (algo que antes no sabía hacer) aprender a quererme un poco más a mí mismo.



Así que si estas palabras alguna vez llegan a los ojos correctos…

solo quisiera decir algo sencillo y honesto:


Gracias.

Gracias por haber estado.

Por los momentos compartidos.

Por las risas que todavía viven en mi memoria.

Porque hay presencias que, incluso después de partir, siguen iluminando silenciosamente la historia de quienes tuvieron la fortuna de encontrarlas. 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mensaje para todxs

Quiero empezar este nuevo año deseándoles, de corazón, cosas buenas. Paz, crecimiento, oportunidades, aprendizajes y momentos que valgan la pena recordar. Que este ciclo traiga claridad, fuerza y pequeños triunfos cotidianos que a veces son los que más importan. A quienes siguen cerca, gracias por permanecer. A quienes llegan, bienvenidos. Y a quienes leen estas palabras, aunque sea por un instante, les deseo un año amable.

Pero este mensaje no es solo para quienes hoy caminan conmigo. También es para quienes ya no están. Para las personas que, por distintas razones, tomaron otro rumbo. Algunas se fueron por decisiones propias, otras por decisiones externas, y algunas —lo reconozco— por errores míos. No escribo esto desde la culpa, sino desde la conciencia. Porque no olvido a nadie, y porque cada ausencia también me ha enseñado algo.

Con el paso de los años he procurado mejorar, no como una promesa perfecta, sino como un proceso real. He aprendido a mirar mis fallas sin huir, a asumir responsabilidades y a crecer desde ahí. Entiendo la distancia que se haya generado, y la respeto. Al mismo tiempo, reconozco el camino que he recorrido, lo que he construido y lo que sigo aprendiendo a ser.

Por eso, incluso a quienes ya no me recuerdan, incluso a quienes no volverán, incluso a quienes solo fueron parte de un capítulo: les deseo éxito, calma y felicidad. De verdad. Que la vida les sea ligera, que encuentren lo que buscan, y que el nuevo año los trate con justicia y ternura.

Este año empieza con gratitud, memoria y esperanza. Y con la certeza de que crecer también es saber desear bien, incluso en la distancia.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Cuando todo pesa más

Hay días en los que el mundo se siente más pesado. No porque haya pasado algo específico, sino porque simplemente todo parece acumularse. Las responsabilidades, las expectativas, los ruidos, los pendientes que se multiplican sin permiso. Y ahí estoy, intentando sostenerlo todo, aunque las manos ya tiemblen un poco.

Me siento abrumado. Es como si el aire costara más, como si cada pensamiento viniera con su propio eco, recordándome que no voy tan rápido como quisiera, que no llego a todo lo que debería, que no soy suficiente.
Y aunque sé que no es verdad —que nadie puede con todo, que a veces basta con seguir respirando—, hay momentos en los que esa verdad se siente lejana, difusa.

Tal vez esto es solo un recordatorio de que también se vale detenerse. Dejar caer un poco el peso, aunque sea por un rato. No todo tiene que resolverse hoy, ni todo tiene que tener sentido ahora.
A veces solo hay que admitirlo: me siento cansado, me siento abrumado.
Y eso también está bien.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Hogar

Pronto regresaré a casa después de este largo viaje en solitario. No sé muy bien cómo describir lo que siento: es una mezcla extraña entre alivio, nostalgia y un poco de ansiedad. Por un lado, me emociona la idea de volver a lo conocido, de reencontrarme con mi hogar y con esas pequeñas rutinas que siempre terminan dando calma. Por otro, me invade esa sensación agridulce de dejar atrás un capítulo que, aunque no terminó siendo lo que imaginaba, sí dejó huellas en mí.

No tengo nada malo que decir de este viaje. Me mostró paisajes que nunca había visto, me dio momentos de silencio profundo y también instantes de compañía inesperada. Sin embargo, descubrí algo que no es fácil aceptar: este lugar no es para mí. Y aunque podría sonar a fracaso, lo cierto es que no lo siento así. Reconocer dónde no encajamos también es parte del camino. Es, de alguna manera, una brújula que nos va acercando hacia el sitio donde sí podremos sentirnos plenos.

Se dice mucho que los viajes cambian a las personas. Suena a frase repetida, pero al vivirlo en carne propia me doy cuenta de lo real que es. No se trata solamente de conocer nuevos espacios, sino de enfrentarse a uno mismo en circunstancias distintas, de poner a prueba la paciencia, la fortaleza y hasta la manera en que miramos la vida. Este viaje me cambió porque me obligó a escucharme más, a observar mis límites y a valorar lo que realmente me da sentido.

Hoy me voy con la certeza de que sigo en busca de un lugar donde pueda sentirme completo. No lo encontré aquí, pero sí encontré preguntas nuevas y respuestas que no esperaba. Quizá, al final, eso es lo más valioso que uno se lleva: la claridad de que cada paso, incluso los que no nos conducen al destino soñado, nos acercan un poco más a lo que buscamos.

Regreso a casa con el corazón agradecido y con la esperanza de que lo mejor aún está por venir.

sábado, 20 de septiembre de 2025

El camino hacia el Yo

El camino hacia el Yo

Hay decisiones que no se toman buscando lo correcto o lo incorrecto, sino porque sentimos, en lo más profundo, que es necesario caminar hacia otro lugar. Así fue con Siddhartha en la novela de Hermann Hesse: él dejó a su familia no porque lo rechazara, sino porque había algo en su interior que le exigía partir, buscar, equivocarse y encontrarse de nuevo.

Pienso mucho en eso cada vez que me miro a mí mismo en esta etapa de mi vida. Hay algo que me empuja a seguir avanzando, aun cuando no hay garantías de nada. La zona de confort es segura, pero también puede volverse una prisión. Salir de ella duele —como si arrancáramos raíces—, pero en ese dolor hay algo vivo, algo que nos recuerda que seguimos en movimiento.

Hegel, en la Fenomenología del espíritu, decía que la conciencia solo avanza a través de la negación: primero debe romper su estado anterior para transformarse en algo nuevo. Así me siento en este camino: no soy el mismo que antes, pero tampoco soy todavía quien estoy destinado a ser. Vivo en ese espacio de transición, en la dialéctica de lo que fui y lo que seré.

La soledad también forma parte de esta experiencia. A veces es áspera y pesada, otras veces es un silencio fértil en el que mi mente se ordena. No es mi enemiga; es la maestra que me obliga a mirarme por dentro, a hacerme preguntas que nunca me haría rodeado de ruido y compañía.

Entiendo ahora que la meta no es eliminar el dolor ni responder todas las dudas, sino aprender a caminar con ellas. Tomar decisiones no para acertar, sino para seguir aprendiendo, para dejar que el movimiento me transforme. Y quizás, como Siddhartha, un día descubra que lo que busco no está en un lugar lejano, sino en la manera en que he aprendido a escucharme a mí mismo.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Dos cuentos de terror

°Escribí estos cuentos durante mi viaje, espero que sean de tu agrado.



Los rostros de las cumbres



El poblado yacía en un valle oprimido por montañas enormes, coronadas por eternas nieblas que parecían no disolverse jamás. Se trata de un lugar olvidado por el mundo, oculto en los mapas, donde los caminos de tierra se desmoronan bajo la lluvia y las ruedas de los carruajes se hunden en el barro. La gente allí no hablaba demasiado, tampoco reía, ni cantaba. Incluso los niños preferían jugar en silencio, como si temieran ser escuchados por algo que acechaba en el aire.

Hubo un año donde un fuerte invierno cubrió la aldea como el musgo cubre las rocas, y nunca se fue del todo. Incluso en verano, el viento que descendía desde la montaña era helado, un viento que arañaba los pulmones como uñas invisibles. Las noches eran anormalmente oscuras y pesadas como el plomo donde solo se percibía el crujir de ramas y hojas proveniente del bosque que rodean el lugar.

Los habitantes se miraban unos a otros en la taberna, en la plaza, incluso en la iglesia abandonada. Sin embargo, bajaban siempre la mirada en cuanto los pensamientos oscuros intentaban salir por sus bocas. Aprendieron del silencio, un silencio que evitaba provocar a aquello que vigilaba desde lo alto. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: la montaña estaba viva.  

No de la forma en que viven los animales o las plantas, sino como algo inconmensurable, algo más cercano a un pensamiento eterno que a la materia. Su presencia impregna la tierra y la sangre de quienes moraban a sus pies. La montaña los miraba sin ojos, los vigilaba sin rostro, y jugaba con ellos como un cazador juega con la presa antes de dar el zarpazo.

Los aldeanos crecían bajo esa vigilancia muda, y la rutina era su única defensa. Trabajaban, dormían, trabajaban otra vez. Como hormigas huecas. Con el paso de los años, el frío les calaba no solo los huesos, sino la voluntad misma, hasta que se convertían en sombras de lo que habían sido. La juventud se les desvanecía sin dejar recuerdos, y el tiempo se volvía una neblina sin bordes.

Y entonces la vejez les alcanzaba. Aunque no de la manera convencional. Aquí, la montaña reclamaba lo suyo. Primero la mente se quebraba: olvidaban nombres, pero recordaban cosas que nunca habían vivido. Veían formas entre los árboles que nadie más veía, y escuchaban un murmullo persistente que parecía nacer del suelo mismo. Después llegó la furia. La docilidad de toda una vida se quebraba y los viejos atacaban con violencia a quienes tuvieran cerca, sobre todo a los niños, a quienes intentaban arrastrar hacia el bosque. Nadie sabía con certeza qué destino aguardaba a esos pequeños. Algunos decían que eran ofrecidos a la montaña como tributo, otros que la montaña los absorbía como un hongo absorbe la podredumbre del suelo.

Quienes lograban escapar contaban cosas imposibles: túneles húmedos bajo las raíces, pasillos que parecían respirar, cámaras donde la piedra palpitaba como carne, y voces, siempre voces, que repetían un murmullo burlón.

El mismo murmullo que los ancianos proferían una vez desterrados del pueblo:

“Hiat… hiat… hiat…”

Ya sin ropa y sin lenguaje, se internaban en el bosque, agazapados entre los pinos, acechando como animales famélicos. Desde la espesura, habia quienes alcanzaban a ver sus cuerpos huesudos, con la piel colgando como pergamino, sus ojos extraviados y la boca moviéndose sin cesar con aquel cántico aterrador. Cuando eran muchos, el murmullo se transformaba en un coro frenético, como un enjambre invisible que resonaba en los huesos, un cántico que helaba hasta la médula.

Y cuando la montaña los llamaba al final de su existencia, ellos lo sabían. Subían sin vacilación hasta la cima, caminando como sonámbulos entre la nieve y el hielo, y allí, en el último borde, se lanzaban al vacío con los brazos abiertos, como si se ofrecieran a un dios innombrable. Sus cuerpos se destrozaban contra las rocas, pero no había sangre suficiente para manchar la nieve. El viento se llevaba el eco de sus huesos quebrándose, y la montaña volvía a guardar silencio, satisfecha por un instante.

En aquel lugar el tiempo carecía de importancia. Nadie sabía cuántos años tenía realmente. Nadie era capaz de recordar cómo o cuando fue que llegaron ahí. Y sin embargo, todos lo sentían. Esa opresión en el pecho al caer la noche. Esa certeza de que algo estaba observándolos. 


El terror no era morir, sino ser de interés para la montaña y ser contado como parte de su juego eterno. La montaña no necesitaba matarlos; bastaba con vigilarlos, bastaba con dejarlos saberse presas. Y ellos obedecían, generación tras generación, marchitos, agotados, prisioneros de un ente que nunca habían visto, pero cuya sombra les robaba el tiempo y el espacio.







La Habitación


No fue capaz de recordar el momento exacto en que entró, o si alguien lo había empujado dentro, pero lo cierto es que allí estaba: una habitación sin ventanas, de muros lisos y desnudos, iluminada por una luz incierta, que no provenía de ninguna fuente concreta. El aire tenía un sabor metálico, como sangre reseca en la boca, y cada respiración le parecía más espesa que la anterior.

Al principio pensó que era un simple cuarto vacío. Cuatro paredes, un techo y un suelo y nada más. Pero a medida que pasaban los minutos —¿o eran horas, o días?— comenzó a percibir algo más profundo, una vibración bajo el silencio, como si las paredes mismas latieran de manera casi imperceptible.

Se dijo a sí mismo que era la imaginación, un truco de la mente para no sucumbir al tedio. Pero luego vino el olor. Un hedor viscoso, agrio, imposible de ubicar, que parecía emanar del concreto mismo. Y con el hedor, una sospecha: que no estaba solo.

La paranoia lo obligó a tocar los muros. Eran tibios, húmedos, como piel febril. Retiró la mano con repugnancia, convencido de que palpaba el límite de algo vivo, un útero colosal que lo había devorado y ahora lo digería lentamente. Intentó reírse de esa idea, pero la risa le sonó hueca, como si no fuera suya.

Comenzó a hablar consigo mismo. Primero para acompañarse, luego para imponerse la certeza de que aún era humano. Pero cada palabra que pronunciaba parecía resonar en doble, como si un eco interno, reptil y blasfemo, repitiera sus frases con ligeras distorsiones. “Estoy aquí, aún soy yo” murmuraba. Y en el eco, juraría escuchar: “Aquí estoy, ya no eres tú”.

El hambre llegó en algún punto. No recordaba cuándo fue la última vez que había comido, pero sus entrañas ardían de vacío. Soñó con carne, con fluidos espesos, con arrancarse tiras de piel para masticarlas como quien mastica cuero húmedo. Despertó con la lengua cubierta de sangre: se había mordido hasta desgarrarse el interior de las mejillas. El sabor era repulsivo y exquisito a la vez, como una comunión invertida, un sacramento que lo unía a la cámara en que estaba preso.

El tiempo perdió sentido. Se preguntaba si acaso no había muerto antes de entrar, y aquello era el purgatorio, o peor, un limbo que ninguna religión había osado describir. Había leído, en alguna parte, que los antiguos temían más al encierro eterno que al infierno mismo. Ahora comprendía por qué: el infierno es dolor; el encierro es duda. La tortura del infierno tiene sentido; el encierro, en cambio, carece de todo propósito. Y la mente, al buscar significado en lo que no lo tiene, se despedaza sola.

Una noche —o lo que creyó que era noche— soñó que el muro frente a él se abría como un párpado, y detrás se asomaba un ojo de magnitudes impensables. Un ojo que no parpadea, que no tenía pupila ni iris, sino que era un abismo líquido, infinito, que lo miraba y lo despojaba de todo vestigio de individualidad. Despertó gritando, convencido de que el ojo no había desaparecido. Que todavía lo observaba.

Empezó a arañar el suelo. Primero para distraerse, después para sentir bajo sus uñas el polvillo áspero que le recordaba que aún había materia más allá de su propia carne. Arañó tanto que las uñas se astillaron y cayeron como escamas. La sangre manchó la superficie, y el olor a hierro fresco se mezcló con el hedor ancestral del cuarto. Se preguntó si el cuarto se alimentaba de él, o si él, sin saberlo, se estaba fundiendo con el cuarto, volviéndose el pulso, el olor, el eco.

En algún punto, dejó de importar. Su nombre se deshizo de su mente. Intentó pronunciarlo en voz alta, pero sólo salió un sonido seco, como el graznido de un ave moribunda. Descubrió que ya no tenía identidad, que su memoria se había convertido en un charco turbio. Sólo quedaba el presente eterno de la habitación sin ventanas.

Y entonces lo comprendió: la verdadera prisión no eran los muros. Era la certeza de que nunca había existido nada fuera de ellos. Que los recuerdos eran invenciones de una mente necesitada de historia. Que jamás hubo un “antes”.

Sonrió, con los labios agrietados, al darse cuenta de lo inevitable. Si la habitación era infinita, entonces también lo era él. Si la habitación era carne, entonces él era un órgano suyo. Si la habitación era Dios, él era su plegaria.

Se tumbó en el suelo, escuchando el palpitar rítmico de los muros. Por primera vez, no sintió miedo. Sólo una certeza nauseabunda: que nunca había sido un hombre en una celda, sino una célula consciente atrapada en un organismo inconmensurable. Y que aquello que lo contenía no tenía rostro, ni forma, ni compasión.

La luz indeterminada se intensificó, hasta quemarle las retinas. Sonrió con la boca abierta, desdentada ya de tanto rechinar, y su último acto de existencia no fue más que un gemido febril que se fue apagando lentamente en el infinito de su muerte.


jueves, 11 de septiembre de 2025

El Otoño

El Otoño

Hay algo en el otoño que siempre parece llamar a la memoria.
El aire se vuelve más frío, pero también más íntimo.
Los colores del mundo se transforman en un mosaico de ocres, dorados y rojos, y es como si cada hoja que cae llevara consigo un recuerdo.

Caminar bajo los árboles en esta época es un viaje en el tiempo.
De pronto, la mente comienza a rescatar rostros que creíamos olvidados: la sonrisa de alguien, la mirada de quién ya no esta, las risas que llenaron tardes que ya no volverán.
El otoño tiene ese poder de hacernos detener y mirar hacia atrás, de hacernos sentir que hemos vivido.

No es solo nostalgia; es un abrazo suave que nos dice que esas pasiones, esos amores, esas emociones, siguen vivos en nosotros.
Que aunque el tiempo pase y las hojas caigan, lo que fuimos permanece en la memoria, igual que los árboles que cada año se desprenden de su follaje pero vuelven a florecer.

Quizá por eso el otoño siempre me ha parecido una estación de reencuentros internos.
Una oportunidad de reconciliarse con el pasado, de agradecerle a la vida por lo bueno y también por lo difícil.
Es el recordatorio de que somos un mosaico de momentos, y que cada uno de ellos nos ha hecho quienes somos.

Hoy, mientras camino y las hojas crujen bajo mis pies, me descubro sonriendo.
Porque en cada color que pinta el otoño hay un recuerdo que me acompaña, y en cada recuerdo hay una pequeña chispa de lo que sigo siendo.

sábado, 6 de septiembre de 2025

75 Días

 Han pasado 75 días desde que llegué a Polonia. Setenta y cinco amaneceres distintos, lejos de lo conocido, lejos de las voces que me daban calma y de los rostros que eran mi refugio. A veces me sorprendo de lo rápido que pasa el tiempo, y otras veces siento que cada día pesa el doble.

Estar lejos es un reto de fuerza de voluntad. Uno no se aleja de casa por gusto al vacío, sino por esa necesidad de buscar oportunidades, de atreverse a entrar en lo incierto, aun cuando el corazón se aferra a lo que ya conoce. En ese viaje, la soledad se convierte en compañera: a veces cruel, a veces noble. Cruel porque recuerda constantemente lo que falta, pero noble porque obliga a mirarnos de frente y descubrir de qué estamos hechos.

Aprender a lidiar con la soledad no es sencillo. Hay días en los que me parece un muro infranqueable, y otros en los que descubro que también es una puerta hacia la calma, hacia el reencuentro conmigo mismo. En este camino encuentro más preguntas que respuestas, pero quizás de eso se trata: de aprender a convivir con la incertidumbre, sin perder la esperanza de que cada paso me acerca más al futuro que busco.

Hoy, al mirar atrás y contar 75 días, no me siento derrotado. Al contrario, me siento más consciente de la fuerza en mi para resistir, crecer y confiar en que todo este trayecto valdrá la pena sin importar lo que pase al final.

martes, 2 de septiembre de 2025

Contra la soledad

Contra la soledad

Hay días en que la soledad pesa más que otros. No se trata de un silencio absoluto, sino de la ausencia de esas voces y rostros que me acompañan en los recuerdos: familia, amigos, momentos compartidos que vuelven a mi mente con nitidez. Cada memoria es como una chispa que ilumina, pero también recuerda la distancia.

En medio de este espacio, a veces me descubro necesitando esa fuerza interna que me mantenga en pie. No es una lucha dramática, sino una batalla silenciosa: la de no dejar que el aislamiento me haga perder el centro. Sé que basta con leerles, con escucharles aunque sea a través de mensajes o llamadas, para volver a sentirme cerca, para recordarme que pertenezco a algo más grande que este momento.

La soledad, al final, no siempre es enemiga. También enseña, también moldea. Pero confieso que se vuelve más llevadera cuando está acompañada de las voces queridas que me recuerdan quién soy y hacia dónde voy.

viernes, 29 de agosto de 2025

The man who sold the world ° David Bowie

 We passed upon the stairs

We spoke of was and whenAlthough I wasn't thereHe said I was his friendWhich came as a surpriseI spoke into his eyesI thought you died aloneA long long time ago
Oh no, not meWe never lost control

You're face to faceWith the man who sold the world
I laughed and shook his handAnd made my way back homeI searched for form and landFor years and years I roamedI gazed a gazeless stareAt all the millions hereI must have died aloneA long, long time ago
Who knows? Not meWe never lost controlYou're face to faceWith the man who sold the world
Who knows? Not meI never lost controlYou're face to faceWith the man who sold the world
Who knows? Not meI never lost controlYou're face to faceWith the man who sold the world

jueves, 28 de agosto de 2025

Con la verdad en las manos

 

Con la verdad en las manos

A veces creemos que las decisiones son finales, que un “sí” o un “no” determinan por completo el rumbo de nuestra vida. Pero la verdad es que la existencia es un proceso continuo de ajuste, de replantearnos lo que creíamos seguro y de atrevernos a cambiar de dirección cuando algo ya no resuena con lo que somos.

No hay deshonra en modificar el camino; al contrario, en ello se esconde una forma de honestidad profunda, casi radical: reconocer que hoy no somos exactamente quienes fuimos ayer. Cambiar de decisión no significa debilidad, significa atreverse a escuchar lo que dentro de nosotros pide ser atendido.

Cada situación tiene más de un ángulo. Podemos mirarla de frente y no entenderla, pero al girar, al intentar de nuevo, aparecen matices que antes se ocultaban. Y es en esa multiplicidad de perspectivas donde crecemos. No se trata de encontrar una respuesta definitiva, sino de descubrir quiénes somos mientras buscamos.

El presente exige verdad. Una verdad sin adornos, sin máscaras, que pueda sostenerse en nuestras manos aunque pese, aunque incomode. Porque solo desde allí, desde esa honestidad con nosotros mismos, es posible construir un futuro sólido, real y propio.

Mirarnos con valentía, aceptar los cambios de decisión y atrevernos a intentarlo tantas veces como sea necesario no es perder el rumbo: es, en esencia, aprender a caminar de verdad.

Universo y Costumbre

Se rozan, se provocan, se adivinan Se persiguen, se esquivan, se lastiman Se descubren al borde del silencio Se consumen despacio en el ince...