¿Dónde comienza lo inadmisible?, ¿dónde lo inmoral?, ¿dónde lo incorrecto? Desde mi definición abstracta, sentado a mi escritorio, la respuesta parece fácil; pero se complica extraordinariamente cuando volteo a ver el mundo y encuentro que la supuesta frontera que fija las demarcaciones se patina de un extremo al otro. El caso más sencillo que se me ocurre -simplificando las cosas al máximo- es el del binomio moralidad-inmoralidad: hay quienes consideran pecaminoso el cuerpo y, en consecuencia, inmoral mostrarlo, por lo que me imaginé una pasarela en la que desfilara un grupo de modelos en el que la primera llevara la altura de la falda al nivel del empeine, la segunda a media pantorrilla, la tercera a la rodilla y así hasta hacer que la falda tuviera el ancho de un cinturón. ¿A qué altura comenzaría la inmoralidad del vestuario? Y, además, para quienes consideran que el cuerpo no tiene nada de pecaminoso, todas las alturas que podría tener la falda e incluso su desaparición no tendría nada de inmoral.

Este sencillo y simplificado ejemplo me permitió entender que el asunto del límite dependía del criterio con el cual se llevaba a cabo la evaluación. Y que otro tanto podría decirse respecto de lo admisible y lo inadmisible, lo correcto y lo incorrecto, lo bello y lo feo, etc. O sea, que mi definición de límite como aquello que marca el punto en el que una cosa deja de ser ella y comienza lo otro era un mero asunto de criterio. Se me podrá objetar que estoy mezclando dos órdenes de cosas: el mundo del ser y el mundo del deber ser. Pero le recuerdo a quien me haga esta objeción que el “mundo del ser” se nos desvaneció, por lo menos, desde la época en la que Kant entendió que no teníamos acceso a la cosa misma, sino tan sólo a su manifestación fenoménica, a su representación en nuestra conciencia, y que lo que llamamos “ser” es tan solo una interpretación de época, o de género, o de clase social que nos hacemos de las llamadas “cosas”: fenómenos atravesados por el lenguaje, las creencias, la historia personal de cada quien…

Por eso el problema del límite es acuciante: ¿dónde está el límite entre lo admisible y lo inadmisible si todo criterio es igualmente válido o igualmente criticable? ¿Cómo establecer a quienes tolerar y a quienes no tolerar en la democracia? ¿Cómo fijar el límite entre la charlatanería y el saber auténtico si no tenemos Un criterio? Es más, ¿con qué derecho hablar de “charlatanes” y “saber auténtico” si no hay, rigurosamente hablando, el modo de distinguirlos? ¿Por qué tendría que ser riguroso nuestro modo de hablar y no banal? O, en una palabra: ¿cómo fijar el límite cuando todo es equivalente? Qué pregunta tan sencilla y que imposible responderla en nuestro tiempo.