Tanto como para dejarme morir bajo el tapiz gris de las paredes y el cielo rosa que punto cada noche. Siento el filo de astillas penetrando mi pecho, suave y aniquilante. Del mismo modo agonizante e infinito, desconfío de las palabras pronunciadas, de la bondad, la entonación y este amor es quizá otro montón de habladurias. ¿Quién me dice que es real cuando la acción se contradice con mi lengua, con mi cuerpo, con mi deseo?.
Locura infinita, el confort de tu mal aplaca la correspondencia ya convertida en enojo. Los gritos desesperados de tu renacer manipulan el entorno, que van así mismo conmemorando la autodestrucción.
La casualidad todo lo sabe, lo predice aconteciendo.
La moral, el arrepentimiento, plasmado en la imagen. Duran más que diez oraciones. El poder de la lágrima, el parpado caído hinchado de angustia, de somnolencia, doliendo es la memoria marcada del eterno placer.
Me confundía en pensar que la muerte no estaba transgrediendo mi asco, me confundía creer que la comunión es parte de algo armonico pero solo es algo que pretende reemplazar la predicción.
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